Haciendo cola para San Isidro

Alguien ha escrito que los toros se mueren. No sólo por los rejonazos políticos como los de las autoridades catalanas sino, sobre todo, porque la afición decrece año tras año. Hay algo de verdad en esto último, hay menos festejos, hay menos llenos en las plazas y un dato alarmante para los aficionados es que el 82% de la audiencia televisiva supera los 45 años. Se dirá que el bajón de televidentes es debido a que la fiesta estuvo proscrita en la tele durante unos años y esto restó afición, también que el IVA incide en el costo y que en definitiva los precios de las entradas son prohibitivos.

Sí y no. Los precios en la renombrada San Isidro no son un regalo pero tampoco son astronómicos. Comparados con el fútbol, por ejemplo, son baratos. Más aún si tenemos en cuenta que en Las Ventas caben 29,000 espectadores, en el Manzanares casi el doble y en el Bernabéu casi el triple.

Creo, sin embargo, aunque los antitaurinos se rasgarán las vestiduras, que la modernidad no ha llegado a la venta de entradas para la Feria más importante del mundo. Tengo mi experiencia de ayer en la cola de las Ventas. Tuve que abandonarla después de cinco horas y diez minutos y no llegué a la tierra prometida.

Afortunadamente un amigo que compartió ese tedioso tiempo conmigo permaneció en la hilera y después de otra hora y cuarto (seis horas y veinticinco en total) consiguió algunas de las que queríamos. Varias personas habían abandonado el desfile ante la lentitud de la progresión (un jubilado que tenía que recoger al nieto a las dos menos cuarto, una americana residente aquí que quería llevar a una amiga a la del día 27, Morante-el Juli-Castella, y al correr la voz de que las localidades estaban agotadas y no saber si quedaban para el mano a mano de Juli y Perera se marchó, etc…).

Otros, en las colas de cinco horas de los toros hay tiempo para hablar, más de Chicharito o el Cholo Simeone que de Rato, comentaban que se habían visto frustrados al intentar sacar las entradas a través del internet. Ignoro, tendré que averiguarlo para el próximo año para evitar las seis horas y veinticinco, si lo de Internet es fluido o si el que lo contaba es un manazas para manejarlo y no tenía un nieto a mano que navegara con fluidez. Sí puedo, sin embargo, concluir que la adquisición de localidades a pie de obra es obsoleta y no anima a gente que no tenga una clara afición y tiempo para hacer cola. (Esperar al día de la corrida, como me ocurrió el año pasado en una tarde aseada, puede ser un chasco: no había).

De entrada, más de uno en la hilera encontró sospechoso que a las 12 de la mañana, dos horas después de la apertura, ya no hubiera localidades para el espectáculo del 27. Luego, los que presumimos pedantemente de estar viajados, nos preguntamos por qué, como en Nueva York y otros sitios, no hay una visible pizarra electrónica o algo parecido que cuente al paciente colista datos como “dia 27, agotadas todas las localidades, día 22, sólo de sombra, día 30 sólo tendido alto”, etc…Y la gran pregunta para la que no hace falta electrónica. ¿Por qué, ese día crucial y el siguiente, la empresa no contrata varias personas y en lugar de las 6 taquillas en funcionamiento abre 12, 14 o 20?

Hacer una cola de hora y media es algo fatigoso pero llevadero. Las de seis horas desaniman y ahuyentan.