La nube ominosa de Ucrania

Foto: Twitter (@ANDESMUN)mariupol1Voluntarios en Mariupol

El agitado árbol de Grecia está parcialmente tapando el bosque de Ucrania donde Rusia sigue soplando con fuerza. La bomba que ha caído sobre la ciudad portuaria ucraniana de Mariupol, causando treinta muertos y decenas de heridos, arroja dos conclusiones: en Ucrania se vive ya una verdadera guerra, los muertos superan la cifra de 5.000. En segundo lugar, el conflicto está abierto y decisivamente alentado por el Kremlin como parte de su política.

Los contendientes declarados, los rebeldes pro rusos y el gobierno de Ucrania, se lanzan mutuas acusaciones sobre la paternidad de la bomba en Mariupol. Los observadores internacionales, la Osce etc..., son, sin embargo inequívocos, el proyectil fue lanzado por los rebeldes. Ni esta ni otras acciones militares serían factibles sin el apoyo o la pasividad de Putin. Rusia sigue reforzando masivamente a los insurrectos no sólo con material sino con unidades de su ejército. Ello explica que las fuerzas regulares ucranianas, a las que Putin califica despectivamente de “legión extranjera de la OTAN”, no tengan la capacidad para sofocar la rebelión.

La convicción occidental es, por lo tanto, que el apoyo ruso es el que mantiene a los rebeldes. Sin él hace tiempo que se habrían desplomado. En Rusia, la poderosa propaganda oficial enciende desaforadamente el nacionalismo crónico de ese país y la conclusión es la opuesta. El actual gobierno de Ucrania, plagado de neonazis y fascistas, es un lacayo de Occidente y de Estados Unidos obsesionados desde siempre en debilitar a Rusia.

Putin es puesto en solfa en abundante prensa occidental, el Guardian inglés publica que hay pocas dudas de que sus secuaces asesinaran con polonio 210 al disidente Litvinenko que residía en Londres, y Bernard Levy y el millonario filántropo Soros abogan en el New York Times por ayudar a Ucrania para salvar su democracia y que no la ahogue el Kremlin. En la guerra mediática, Putin, en momentos económicos delicados en su país, culpa a Occidente y sus sanciones de los problemas de Rusia. Olvida intencionadamente que el principal problema de Rusia es la brutal caída del precio del petróleo, que tiene muchas causas, y que las sanciones, medianamente efectivas, han llegado por su conducta poco ortodoxa en Ucrania. Era impensable que Occidente se cruzara totalmente de brazos ante algo que ocurre en sus puertas. Europa sigue, sin embargo dividida. Los partidarios de no seguir apretando las tuercas de las sanciones encuentran ahora alguien que engrosa sus filas, Tsipras, nuevo primer ministro griego que ya se pronunció en contra de las mismas y primer cuyo acto hacia la galería exterior ha sido recibir al Embajador ruso.

Por el momento no se percibe que Putin parpadee y se apee de su caballo de la injerencia. Hay fundados temores de que el conflicto, por su agresividad, puede cruentamente empeorar. En algún país báltico, precavidamente, el gobierno reparte folletos entre la población para el caso de que se produzca también allí una intervención rusa.

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