Australia: el secuestro terrorista de la puerta de al lado

Lo de Sídney debe ser motivo de reflexión. Un extremista islámico un tanto descerebrado secuestra a punta de fusil a una treintena de personas, comienza a hacer peticiones y, como era de prever incluso por él mismo a no ser que su enajenación mental fuese total, acaba siendo abatido por las fuerzas del orden.

La sociedad australiana está lógicamente traumatizada, la odisea en la que perecieron dos rehenes duró diecisiete horas, y empiezan a surgir las preguntas. La primera, formulada por el propio primer ministro del país, es la de cómo es posible que el secuestrador estuviera en libertad y se moviera a sus anchas por el país sin ninguna traba dado que tenía un pasado turbulento unido a grupos extremistas. La razón es que, no lo olvidemos, siendo Australia un estado de derecho la mera sospecha de las intenciones de un sujeto vidrioso no es motivo suficiente para encarcelarlo. Por otra parte, es obvio que la policía australiana, como la de muchos países democráticos, no cuenta con los efectivos necesarios para asignar durante bastante tiempo media docena de efectivos a cualquier sospechoso. No hay recursos ni personal.

A nosotros, el tema debería preocuparnos. El suceso de la cafetería de Sídney, no estoy siendo un siniestro agorero ni haciendo ciencia ficción, puede ocurrir en cualquier sitio. Los miembros del terrorista Estado Islámico ya han mencionado a España en más de una ocasión y quieren “recuperar” Andalucía. Eso no sería bastante para inquietarnos. La pesadilla de Australia, su puesta en escena, sí debería alarmarnos. Un único terrorista, un lobo solitario ha traído el luto y tenido en vilo a todo un país durante horas.

¿Qué es lo que distingue al terrorismo islámico de hoy y lo hace especialmente letal? No es sólo el fanatismo, la ceguera de sus componentes. Es que están dispuestos a inmolarse, que aceptan, gustosos, contrariados u obnubilados, el sacrificar su vida con tal de hacer daños a los infieles, a nosotros que somos los occidentales, y obtener publicidad para su cruzada.

Lo de hoy de Pakistán es la prueba definitiva. Ninguno de la media docena de asaltantes de la Escuela militar podía imaginar que saldría con vida después de disparar contra docenas de mozalbetes o niños. Tenían que saber que el ejército paquistaní reaccionaría con furia y no escaparían. Las posibilidades de huir eran una entre mil. Sin embargo, optaron por perpetrar su salvajada atroz. Eran conscientes de que marchaban al suicidio.
El granero de jóvenes, ahora ya de los dos sexos, a los que han lavado el cerebro los fanáticos es considerable. La abundancia de terroristas suicidas resulta inquietante. Eso hace que el suceso de la cafetería australiana pueda acontecer en cualquier parte.

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