El atentado que emponzoña el ambiente

Un horrible crimen ha tenido lugar en la tarde del martes en Jerusalén y en el que han perecido cuatro judíos amén de los dos jóvenes asesinos palestinos. Entrar en una sinagoga y acabar a tiros y machetazos con los rabinos que rezaban en ese momento reviste un especial grado de barbarie y desesperación.

El atentado, algo injustificable, no servirá a la causa palestina en momentos en que varios países europeos sospesan reconocer a Palestina como estado. Por sus circunstancias ha sido condenado en todo el mundo, el Presidente de la Autoridad palestina lo ha hecho en términos vigorosos, pero va a aportar argumentos al rígido gobierno de Netanyahu y a la derecha israelí (“negociar con los cafres de los árabes es perder el tiempo”) y va a encrespar un tanto a la opinión pública de Estados Unidos en momentos en que el partido republicano, cercano con frecuencia a Israel, ha ganado posiciones en el Congreso yanqui. Tres de los rabinos tenían nacionalidad estadounidense.

Es inconcebible que el crimen haya sido saludado con alborozo en algunos barrios árabes. Cuando Israel repite que tiene el mismo derecho que cualquier estado a vivir en paz dentro de sus fronteras sin temor a atentados como el presente, en una sinagoga, en un autobús o a la puerta de una escuela, está remachando algo que parece evidente y que uno suscribe fervientemente. Los árabes extremistas olvidan que Israel no nació en una guerra ni que fue impuesto en la zona por el imperialismo de Washington después de la II Guerra Mundial. La realidad se presta menos a la conspiración: Israel fue creado en diciembre de 1947 por las NACIONES UNIDAS. En otras palabras, fue la Comunidad internacional, con Rusia y varios países no occidentales incluidos, la que votó de forma mayoritaria en la Asamblea General de la ONU la emergencia de dos estados, Israel y Palestina. Los árabes no aceptaron la resolución de la ONU e invadieron Israel con resultado adverso, salieron escaldados y el Estado judío amplió el territorio que la ONU le había asignado.

Ha habido otras guerras. Con todo, y este es el drama para los palestinos y los árabes, Israel consiguió su estado y Palestina aún no tiene propiamente el suyo. El gobierno judío se negaba durante décadas a negociar porque las facciones que contaban de los palestinos no querían reconocer al Estado de Israel e incluso hablaban de echarlo al mar. Algo disparatado. Sin embargo, una vez que el órgano más representativo palestino, la Autoridad, ha abandonado su lenguaje belicoso y aceptado la existencia de Israel es el gobierno judío el que remolonea, dilata el proceso y sobre todo persiste en prácticas que convierten al futuro estado palestino en algo casi inviable. Me estoy refiriendo a los asentamientos, es decir la erección de colonias israelíes con centenares o miles de colonos dentro del territorio que se le ha asignado a la futura Palestina. ¿Qué se hará con esos colonos y sus familias el día de mañana? ¿Se les sacará por la fuerza o convertirán la geografía palestina en una pesadilla? La política de asentamientos que ha permitido o fomentado el actual gobierno es tal pesadilla que ha despertado la irritación de Obama al que ha desafiado y dejado en ridículo Netanyahu. Es un obstáculo muy serio para el hallazgo de una solución.

Uno se pone en la piel de los israelíes y razona que es cruel que vivan en el día a día pendientes de un atentado que puede segar su vida o la de sus hijos al salir de la escuela. Uno se pone en la piel de los palestinos y piensa que cómo es posible que lleven, algunos de ellos en el extranjero o en campos de refugiados, esperando más de SESENTA AÑOS una patria que la ONU les prometió. Y cómo se ha convertido en algo rutinario que la potencia que controla la zona haga actos, como los asentamientos, que dificultan el proceso hilvanado por la diplomacia y que resulta una provocación obvia para los excitados jóvenes palestinos.

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