Los yihadistas y el Internet

Las redes sociales son un maná del cielo para el terrorismo islámico. Robert Hannigan, director de la Agencia británica de espionaje electrónico (GCHQ) ha publicado un resonante artículo en el Financial Times que ha sido recogido en toda la prensa anglosajona y con el que comulgarán los servicios de lucha contra el terrorismo de todo el mundo. Es un ataque contra la pasividad y ponciopilatismo de Google, Yahoo, Microsoft etc…

Como es sabido, las revelaciones de Snowden, el americano que denunció la connivencia de las compañías tecnológicas citadas con algunos servicios de inteligencia americanos, han influido decisivamente en el combate contra el terrorismo. Para bien y para mal. Las compañías, temerosas de ser acusadas de violar la intimidad de los que navegamos por Internet, se han vuelto escrupulosas. No dan información, alegan, a ningún Servicio de Inteligencia y se limitan a ser unas autopistas por las que circula el que quiere.

Esta neutralidad es la que denuncia el señor Hannigan. Su apasionado alegato sostiene que la neutralidad es nociva para la sociedad dada la sofisticada utilización que del Internet hacen los criminales, quiere colaboración entre esas empresas y las fuerzas del orden. Las redes sociales están acogiendo la difusión de extremismos, de la explotación infantil, son vías de propagación, en suma, de crímenes y del terrorismo. El autor subraya que los terroristas islámicos del Isis, que tantos quebraderos de cabeza están dando a Siria, Irak y al mundo, se han destetado con el Internet que manejan con enorme eficacia. En el que se promocionan, intimidan, reclutan etc… Como ejemplo de su eficacia cita el uso del Internet que hicieron durante los Mundiales y el brote del ébola y el hecho de que fueran capaces de enviar 40.000 tweets al día en su ofensiva para conquistar Mosul sin desencadenar ningún mecanismo de neutralización.

El artículo, en definitiva, resucita la defensa enarbolada cuando brotó el escándalo de Snowden y que reprodujo la que hicieron los servicios policiales y de espionaje estadounidenses al poco de la catástrofe de las Torres Gemelas: la libertad de expresión es un derecho duramente conquistado en las democracias, pero la “privacidad no es un derecho absoluto”. Dicho de otra forma, cuando te enfrentas a una organización criminal poderosa o a unos terroristas que quieren destruirte, la amenaza entonces era Al Qaeda, los ciudadanos deben estar dispuestos a renunciar a una parte de su intimidad a cambio de ser protegidos por servicios que se ocupan de interceptar comunicaciones sospechosas.

En el trauma que siguió al atentado del 11 de Septiembre, las encuestas en Estados Unidos apuntaban a que una mayoría de ciudadanos estaban de acuerdo en ceder una parte de su privacidad si eso facilitaba la detención de terroristas que tramasen una fechoría semejante.

La cuestión es saber si en nuestros días, sin un trauma parecido, sin una amenaza seria e inminente, los ciudadanos occidentales están dispuestos a aceptar cortapisas a su intimidad o si pondrán el grito en el cielo al sentirse mínimamente observados.

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