Estupor ante el caso del perro Excalibur

El tema del ébola posterga cualquier otro en nuestro país. La alarma es lógica por razones evidentes y, además, la cuestión, debido en parte a la mediocre capacidad de comunicación del Gobierno, es un regalo del cielo para la oposición.

Lo que he entendido menos, estando en el extranjero como estaba, es el revuelo armado en torno al sacrifico del perro de la enfermera. Viendo en internet el cariz de las protestas, parecería como si las autoridades hubieran cometido un enorme crimen contra la humanidad al dormirlo para siempre. Me asombra.

Alguien, al leer lo de arriba, deduciría con la misma alegría con que en España brota últimamente la intolerancia que el bienestar de los animales me resbala y que los perros me dejan frío. No es ciertamente el caso. Tengo perro desde hace unos 38 años, amo a la que poseo ahora, he costeado llevarlos al extranjero cuando he vivido allí, al tomar las vacaciones nuestra perra es un factor clave a tener en cuenta, con frecuencia en excursiones tengo que prescindir de ir con amigos por ocupar el chucho con su cinturón de seguridad el asiento posterior… En fin, lo normal, cuando cuentas en casa con un amigo del hombre al que tienes mucho cariño.

Aclarado esto para reducir los improperios que me pueden caer, no entiendo cómo puede parecer descabellado que se tomara la decisión fatal con el llamado Excalibur. No parece que España esté preparada para manejar un can que ha estado en contacto directo con una portadora de ébola y el peligro POTENCIAL era enorme. Por mucho que uno ame a los animales, por mucho que los respete, por grande que sea la herida cuando tienes que sacrificarlos, la vida de un ser humano vale más que la de un perro. No digamos si la supervivencia del perro puede significar la propagación de la enfermedad no a una sino a mucha personas.

En el cocktail actual de alarma, indignación, demagogia e intransigencia que padece nuestro país hemos visto gente que censuraba abiertamente que el Gobierno era lento a la hora de repatriar a los misioneros y, posteriormente, alguno de los mismos no ha vacilado en deslizar que quizás fue algo temerario e improcedente haberlos traído a España.

Con Excalibur ocurre algo parecido. Es penoso tener que eliminarlo, ¿pero qué ocurre si las autoridades no toman la decisión y más tarde, ante una nueva alarma, un médico, un solo médico, insinuase que es posible que el nuevo sospechoso agarrase el virus a causa del animal? No tendríamos calificativos ante la “imprevisión”, la “incompetencia” etc…

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