La pifia del Vicepresidente y la guerra

El vicepresidente americano Biden, un hombre inteligente y preparado, tiene fama de ser un bocazas. Ha tenido llamativos deslices verbales en los últimos tiempos. Con frecuencia, suelta lo que está en la mente de todos los conocedores de un tema controvertido; su cargo y visibilidad, sin embargo, le deberían hacer más cauto.

El fin de semana pasado la armó de nuevo y nada menos que en un púlpito resonante, en la Universidad de Harvard. Como muchos políticos americanos, Biden debe estar harto de la actitud hipócrita de varios aliados especialmente de la de algunos países islámicos. Está convencido, y no solo él, de que varios de ellos, incluida la botánica Turquía, han cerrado los ojos ante el avance de las milicias del Estado islámico (Isis) que se ha apoderado de parte de Irak y Siria, y de que en ocasiones, en su obsesión por derribar al gobierno de Assad en Damasco, han armado a sabiendas a los bárbaros fundamentalistas que luchaban contra él.

La convicción está generalizada y el New York Times ha publicado hirientes artículos sobre el asunto. El momento de proclamarlo no era el pertinente, ahora que esos países han decidido luchar contra Isis junto a Estados Unidos, ni todo un Vicepresidente de Estados Unidos debía denunciarlo en público.

Biden fue más lejos en su discurso. Se quejó de la reciente actitud de sus aliados y, además, contó que el presidente turco Erdogan le había admitido que eso había ocurrido en el pasado, permitir, por ejemplo, que centenares de jóvenes que iban a engrosar el Isis cruzaran sin problemas la frontera entre Turquía y Siria, pero que lo estaban corrigiendo.

Erdogan reaccionó rápidamente. Dijo a la prensa que el nunca había manifestado eso, “habían admitido a turistas”, y pidió que Biden se disculpara. El Vicepresidente estadounidense lo hizo rápidamente. Turquía había prometido hace escasos días, con voto en el parlamento incluido, que intervendría contra el Isis en Irak y Siria y no era el momento de irritarla.

La postura de Turquía ha sido, con todo, ambigua. Hay numerosos informes, un largo reportaje en Le Monde por ejemplo, que prueban que la frontera sirio tuca es un ancho coladero en los dos sentidos: centenares de jóvenes hacia Siria y miles de toneladas de petróleo de contrabando procedente de los pozos controlados por Isis hacia Turquía. La connivencia o la pasividad de las autoridades de Ankara era evidente. Hasta hace un par de semanas la conducta oficial turca estaba condicionada porque los del Isis tenían en su poder a 41 miembros del consulado turco en Mosul que fueron liberados en forma (¿dinero?,¿un canje?) no aclarada. Hay, sin embargo, otras razones de fondo. En sus pretensiones hegemónicas en la zona, Ankara quería desembarazarse de Assad y tener en un lugar a alguien más cercano a sus intereses. Por otra parte, y no menos importante, los dirigentes turcos temen profundamente que de la situación inestable en la zona surja un robustecimiento de los kurdos de Siria e Irak lo que vendría a alimentar el separatismo de los que hay en Turquía.

No es solo, pues, una cuestión de petróleo. Va bastante más allá.

Biden se ha excusado asimismo con los Emiratos. También los han debido hacer correr el dinero hacia grupos que han resultado sangrientos y crecientemente amenazadores. No es el momento, sin embargo, de levantar ampollas en aliados que resultan necesarios para que el problema del Isis, de difícil solución, no se eternice.

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