El controvertido cambio climático desde USA

Obama se ha embarcado con entusiasmo en la batalla para detener el deterioro de nuestro medio ambiente. Tiene otras luchas, no insignificantes, en marcha pero debe cavilar que sería un buen legado de su Presidencia, la reforma sanitaria aún no se sabe como terminará, haber movilizado a la humanidad en la causa medioambiental y logrado la firma de un tratado vinculante que preserve la tierra como está.

El tema sigue siendo peliagudo. En Estados Unidos los abundantes escépticos empiezan a ser rebasados por los mentalizados de la gravedad del problema. Hace diez días hubo movilizaciones en varias ciudades, en Nueva York la manifestación reunió a más de 400.000 personas cifra nada despreciable en ese país para un tema que hasta hace poco dejaba a la mayoría indiferente.

Sin embargo, las cuentas exteriores no salen. A la reunión convocada por la ONU, y en la que junto a decenas de jefes de Estado y gobierno intervinieron Obama y nuestro rey Felipe, los Jefes de Estado de China, Rusia e India no estaban presentes, enviaron delegados.

Esta es la madre del cordero. Los tres citados son de los mayores emisores de gases del planeta y no parece hoy por hoy probable que vayan a suscribir un tratado que limite su crecimiento económico. China, con una enorme población a la que dar trabajo y acostumbrada a crecer al 8%, es responsable de una cuarta parte de todas las emisiones del planeta y en la India un 25 por cien de la población aún no tiene acceso a la electricidad. Por esto el cauteloso Wall Street Journal escribía estos días que los esfuerzos de Occidente para salvar al planeta son poco menos que fútiles si las tres grandes potencias citadas no se suben al autobús de la conservación y limitación de gases. Occidente “estará frenando su propio crecimiento sin conseguir nada”.

Obama ha manifestado que aquí “nadie puede ir de gorra”, que Estados Unidos arrimará el hombro y ayudará a las naciones en desarrollo a cumplir sus obligaciones ambientales.

Por ello la actitud remolona de los otros grandes hace el juego a los americanos reticentes, numerosos aún en el Congreso. Una buena parte de los medios de información yanquis ha sonado la alarma. “No tenemos mucho tiempo que perder” destacaba el San Francisco Chronicl“, “Las pruebas del peligro son del todo evidentes”, rezaba el Miami Herald. “La tarea no será costosa” por diversas razones, inversión en las renovables, mejora en la salud de la población… arguye Paul Krugman en el New York Times. La pasividad, razona E. Robinson en el Washington Post, “es una apuesta muy arriesgada”.

No obstante, el influyente Wall Steet Journal, asoma la patita dudosa: “no tenemos idea de que parte tiene la actividad humana en el deterioro ambiental y las proyecciones hechas hasta ahora son rudimentarias e inciertas. Nadie puede explicar satisfactoriamente por qué el índice de calentamiento ha descendido en los últimos 16 años mientras que la contribución humana a los niveles de CO2 ha crecido un 25%”.

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