¿Qué ha pasado en Escocia?

En los años cincuenta en la muy democrática Gran Bretaña los nacionalistas en Escocia sólo arañaban un 1% de los votos. Desde hace años gobiernan, sin embargo, en Edimburgo (el partido SNP) y no es descabellado pensar, en las encuestas marchan sólo levemente rezagados, que el jueves pudieran ganar el referéndum de la independencia. Las encuestas dan sólo un punto o punto y medio de ventaja al No y hay aún, al parecer, un 14% de indecisos.

El ambiente, por otra parte, se calienta. El líder laborista Miliband era abucheado e insultado (“cabrón mentiroso”) este martes cuando hacía un paseo electoral por las calles de Edimburgo. Los nacionalistas parecen ser mucho más agresivos e intimidadores que los partidarios de la permanencia de Escocia en el Reino Unido.

Comentaristas y escoceses amigos te cuentan que los nacionalistas venden, con frecuencia, humo al dar a entender con rotundidad que Escocia será más próspera y justa si logra la independencia. Gideon Rachman, el ponderado analista del Financial Times, hijo de emigrantes, escribe que es una afrenta oír a ciertos líderes escoceses decir que a los ingleses no les interesa la justicia social o que son amantes de la guerra. Lo considera irritante y falso. Aparte de Rachman son muy numerosos los analistas que sostienen que el futuro económico de Escocia si se separase es, en realidad, una gran incógnita(¿qué parte conservará de los ingresos del petróleo?, ¿qué moneda tendrá, la libra, el euro, una propia? , ¿permanecerá en el limbo mucho tiempo o entrará a medio plazo en la Unión Europea) pero todos coinciden en que un porcentaje alto de escoceses va a votar con el corazón, es una cuestión de SENTIMIENTO, y no con la cabeza. La argumentación económica hecha en Londres, incluida la de los medios de información londinenses que son claramente antiindependentistas, no es asimilada por muchos escoceses. Si roza el catastrofismo puede ser hasta contraproducente.

La pasión de los independentistas y sus argumentos, no pocas veces voluntaristas, han calado en sectores importantes de la población. Tienen un líder carismático, Salmond, hábil en la televisión mientras que los unionistas escoceses carecen de ellos. Los conservadores no cuentan en Escocia, Cameron es impopular, y de los dos dirigentes laboristas verdaderamente populares uno murió y otro se retiró por enfermedad. El antiguo primer ministro Gordon Brown, laborista y escocés, ha realizado una encendida defensa de la Unión y abanderado la noción de que si los escoceses votan no a la escisión el gobierno de Londres debería cederle más competencias sobre todo fiscales. Los líderes de los tres partidos importantes en Gran Bretaña, conservadores, laboristas y liberales han suscrito una promesa solemne de que así ocurrirá. No se sabe si la iniciativa, ridiculizada por Salmond como muestra del canguelo de Londres, llegará tarde.

En Escocia hay bastante en juego. Primero para Gran Bretaña, el divorcio sería doloroso y costoso pero en todo caso la pugna, gane quien gane, va a dejar un legado de resentimiento, de rencor y desconfianza que tardará en sanar. La ruptura de Escocia con la nación con la que lleva unida más de tres siglos también obviamente repercutiría fuertemente en Europa.

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