Ucrania, el misil y la guerra fría

¿Ha vuelto la guerra fría? Leyendo la prensa rusa y occidental de estos días, uno concluiría que sí. Las publicaciones rusas, sin excepción, imputan la responsabilidad del lanzamiento del misil que acabó con casi 300 vidas al Gobierno ucraniano. Desde Komsonolskaya Pravda hasta Argumentos y hechos la deducción es clara: la belicosidad y la paranoia de las autoridades de Kiev estarían detrás de la matanza. Creyeron que el avión malasio era una nave militar rusa y se pusieron nerviosos en su ansia por abatirla. Por supuesto, en los análisis hay bastantes reflexiones sobre la perversidad de Estados Unidos y varios gobiernos occidentales al impulsar la actitud globalmente “agresiva” de Kiev a la hora de abordar los problemas del este del país.

En nuestro lado de la tapia, después de dudas iniciales hay un general y creciente convencimiento de que los autores son los rebeldes pro rusos que habrían disparado si no con el conocimiento y la aquiescencia de Moscú sí por incompetencia con misiles proporcionados por Rusia. La tortuosa conducta de los insurrectos (ocultación de la caja negra, sospechosa tardanza en permitir la llegada de observadores etc.…) ha acrecentado esa convicción.

Ahora, la conclusión casi unánime occidental es que el conflicto de Ucrania y, como consecuencia, la masacre del avión es un resultado directo de la actividad desestabilizadora de Putin que no soporta una Ucrania verdaderamente independiente. El mandamás ruso es puesto a menudo en la picota en editoriales, artículos, titulares y cartas de los lectores. Muchas de estas llaman calzonazos a los gobiernos por su actitud contemporizadora ante Putin, por sus intentos de mirar hacia otra parte en su deseo de no empeorar las relaciones con el ruso. El titular de “Le Monde” es elocuente: “Los europeos timoratos ante Putin”. Gideon Rachman, clarividente analista del “Financial Times”, es categórico en su titular: “El Maquiavelo del Kremlin ha llevado a Rusia al desastre”.

En el intercambio de acusaciones, repito por lo interesante del hecho, ha habido, con todo, matices. Los medios occidentales han alcanzado sus conclusiones de forma paulatina y muchos de ellos ni siquiera hoy las presentan de forma abrumadora. En Rusia el bombardeo contra Ucrania, en el que se exculpa a los insurrectos y no aflora la menor duda sobre la inocencia del Kremlin, es más persistente. La televisión en concreto, el medio informativo por excelencia de la población rusa, sigue con su información maniquea: los nuevos dirigentes de Ucrania serían unos fascistas, Occidente quiere acorralar a Rusia y afloran todas las teorías conspiratorias imaginables. Una buena parte de los rusos cree incluso que Ucrania había intentado derribar el avión de Putin que regresaba del extranjero.

Hay un telón de fondo de guerra fría sobre el que empresas y gobiernos occidentales tratan de salvar sus contratos, gas ruso en Alemania, portahelicópteros francés etc… El caso de Holanda es dolorosamente especial: tiene un muy floreciente comercio con Rusia pero para muchos de los holandeses, los más afectados humanamente por la catástrofe, ha ocurrido un asesinato, “un asesinato masivo”. Que tiene, deducen los afectados, autores y cómplices.

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