El gran jeta Jenaro y el acalorado Maduro

Las cosas van regular en Venezuela. 15 años después de la llegada al poder del chavismo, la inflación, ¿60?, es una de las más altas del planeta, el país es uno de los más inseguros del continente, escasean desde hace tiempo diversos productos de primera necesidad y aumenta el número de los que opinan que si pudieran permitirse emigrar lo harían.

El presidente Maduro tiene, no obstante, la piel muy sensible cuando llegan las críticas. No acaba de entender que cada vez que arremete con toda la artillería contra un opositor su fama de demócrata sufre un nuevo quebranto. Tiene ese provincianismo hispano de excitarse cuando un compatriota lo censura desde el exterior. El último ejemplo lo tenemos con la visita a España de Ramón Muchacho, alcalde de una pequeña localidad venezolana. Que el joven edil diga en España que los indicadores económicos son iguales o peores que hace quince años despierta en Maduro reacciones similares a la de los franquistas con el contubernio de Múnich.

Maduro, con su tónica habitual, se vuelve además faltón con España y suelta demagogia barata por su boca. Se indigna de que Muchacho pueda venir a tomar lecciones en España, “donde existe un modelo neoliberal fracasado, donde se ha privatizado el sistema de seguridad social y donde se ha privatizado la educación en general”. Las andanadas truculentas de Maduro resultan patéticas si pensamos en la crisis seria que vive su país con, entre otras cosas, un sistema sanitario muy poco equiparable al español y que medio se mantiene por la importación masiva de médicos y enfermeras cubanos. Los tres lustros de revolución de Chaves no han sido capaces de producir una generación de médicos que cubran las necesidades del país.

Uno no sabe si Maduro en su demagogia es un ignorante tendencioso o simplemente un jeta que necesita cortinas de humo fulminando a su oposición y vituperando a España lo que parece ser rentable.

Pero para jeta nuestro Jenaro García. Con él podemos estar orgullosos sobre nuestra presencia en la galería de caraduras y estafadores. Sin orgías, deja pequeño al personaje encarnado por di Caprio en el cine. Ha engañado a inversores, a miles de personas, a instituciones financieras y autoridades con una singular maestría y durante mucho tiempo.

Hay dos cosas que merecen ser aclaradas en relación a este clamoroso delincuente. La primera es cómo nuestro sistema económico y legal no ha detectado que llevara diez años falseando las cuentas, simulando, pavoneándose y arruinando a bastantes personas. ¿Qué falla en nuestra normativa? ¿Por qué ha tenido que venir una oscura y para algunos vidriosa compañía estadounidense a desenmascarar a este inmoral pícaro?

La segunda es lo que va a ocurrir ahora. Algún defensor del malhechor o algún ignorante comienzan a alegar, en tono exculpatorio, que ha tenido la valentía de admitir su fechoría y así lo ha declarado en público. Bueno ¿y qué? No sé qué clase de remota atenuante pueda significar su confesión, cuando ya lo habían cazado, pero esto no debería distraernos del tema de fondo. El genio Jenaro llevaba varios años delinquiendo a lo grande y solo lo ha admitido al ser descubierto. Que se escapara con sólo un par de coscorrones y una inhabilitación temporal sería un escándalo. Jenaro Garcia, el gran inversor, era un gran jeta delictivo y debe pagar por ello con arreglo a la ley para evitar que florezcan tipos de su brillantez e inmoralidad.

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