Los significados de Alfredo

Habrá gente que hará aspavientos con el jaleo mediático que se ha movido con la desaparición de un futbolista. Se escandalizarán puritanamente con el eco que ha despertado la muerte de Di Stéfano(“ni que fuera un premio Nobel o un gran benefactor de la humanidad, así es España de inculta”, musitarán). Bastantes adversarios del Real Madrid dirán que ya está bien, que el club se está pasando con el homenaje.

Es no entender lo que significa el fútbol, no sólo en España en contra de lo que creía cierta izquierda, pensemos en el trauma colectivo de hoy en Brasil, y más aún lo que ha significado Alfredo di Stéfano.

Este descomunal futbolista y curioso y entrañable ser humano tuvo, a diferencia de otros ídolos, el mérito de suscitar escasas antipatías en su larga trayectoria española. Fue admirado y respetado por su inusitada clase, envidiables facultades y su insólito pundonor. Y eso a pesar de que su arranque en nuestro país estuvo envuelto en una profunda polémica política que aún colea.

Para los aficionados barcelonistas y no poco catalanes el fichaje de Di Stéfano para el Madrid significa la enésima prueba de que el Gobierno central humilla al Barcelona y a Cataluña. Vázquez Montalbán describía elocuentemente esta idea. Es un recurso fácil y efectista. Los victimistas catalanes tienen razón en una cosa: el Barcelona se había adelantado y comprado el jugador a quien tenía los derechos últimos sobre Di Stéfano, al club argentino River Plate. Pero escamotean, no cuentan o ignoran un detalle capital: cuando el jugador llega a España en septiembre del 53 tenía un contrato aún en vigor con el club colombiano Millonarios que no concluía hasta un año más tarde y era el Real Madrid el que había llegado a un acuerdo con los andinos para la cesión del jugador hasta esa fecha.

Es un misterio insondable (y una torpeza) por qué Enrique Martí, presidente del Barcelona, no pagó al Millonarios el millón trescientas cincuenta mil pesetas que le pedían cuando había pagado más de cuatro al River Plate. El hecho es que cuando Alfredo aterrizó en España pertenecía a los dos clubes rivales. El pleito acabó, después de una mediación del atlético y antiguo presidente de la Federación Muñoz Calero, con una decisión estrafalariamente salomónica, Di Stéfano jugaría alternativamente durante cuatro temporadas en uno u otro club. Los directivos del Barcelona, heridos en su orgullo y habiendo en esas fechas recuperado  de un problema pulmonar a un Kubala en su plenitud, optaron por vender el jugador al Madrid por algo más de cuatro millones de pesetas (“para vosotros el pollastre”). Luego la teoría de la conspiración victimista fabricó que sufrieron enormes presiones políticas y comerciales, pero la decisión fue otra torpeza. Habían vendido al mejor jugador de la historia (¿creyeron que era inferior a Kubala?) no por un plato de lentejas pero a la larga por no mucho más.

Para los aficionados madridistas la llegada de Di Stéfano, él me confesó que al aterrizar le importaba poco un equipo u otro, Barcelona o Madrid,  significó un regalo del cielo de efectos incalculables y taumatúrgicos. El Madrid no había ganado una Liga en los trece años transcurridos desde la llegada del franquismo, ¡es una paradoja que tenga el calificativo de equipo del Régimen!, y desde su aterrizaje en Chamartín consiguió ocho, cinco Copas de Europa consecutivas y una Intercontinental. El delantero resultó así uno de los saldos más grandes de la historia del fútbol mundial.

Para los hinchas jóvenes o de edad media del Madrid Di Stéfano es simplemente una leyenda. Para mi generación madridista significa muchísimo más. Es literalmente un capítulo de tu vida que te percatas  que se cierra, una época que irremisiblemente se te va y, al llorar a Di Stéfano, piensas en tantas cosas, sientes nostalgia y una honda pena.

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