La ceremonia del Príncipe

La ceremonia de la proclamación de Felipe VI es para un cierto sector de españoles la ceremonia de la confusión. No por su finalidad y significado sino por la forma en que se va a desarrollar. Crecen las voces de gente sensata que opinan que se va a realizar con complejos, de modo que roza un poquito lo vergonzante, con miedo, en definitiva, de encrespar a aquellos grupos levantiscos que han empezado a manifestarse en la calle en favor de la república. Los diseñadores del acto, se presume que el Gobierno con la aquiescencia de la Casa Real, darían un poco la impresión de estarse excusando y corren el peligro de, intentando quitarle bazas a los irredentos, enajenarse las simpatías de partidarios de la Monarquía y de los que estiman que un acto histórico de esta trascendencia no debe sin un mínimo de boato.

Cuentan que el propio príncipe Felipe ha sido el principal abogado de que la ceremonia se realice con la mayor austeridad. He viajado en varias ocasiones con el Príncipe, vi que no tiene nada de derrochador y eso le honra. No tengo, sin embargo, las ideas claras sobre si el acto debe tener lugar sin ninguno de los aditamentos que rodean estas ocasiones históricas. Puede que el olfato del futuro Rey le diga que en época de vacas flacas no están los tiempos para zarandajas y que, en consecuencia, el debe tener, incluso en ese día inicial de su reinado, una actitud que más de uno puede ver como ejemplificadora. Puede que acierte. Al mismo tiempo, sin embargo, uno se queda con la impresión de que no invitar a otras testas coronadas de Europa, a los Presidentes de los países vecinos y amigos etc…, como se viene haciendo en otros países, incluidos algunos de conocida austeridad presupuestaria en situaciones similares, va a tener una lectura perversa en algunos medios extranjeros que pueden deducir que muy mal tiene que estar España cuando en la casi primera ocasión que un monarca pasa los trastos a su heredero se evita TODO tipo de fasto.

Quizás todo sea consecuencia del inevitable apresuramiento en que se están sucediendo los acontecimientos. Quizás se ha pensado que con dos o tres semanas de aviso iban a faltar una buena parte de los invitados de postín y se te iba a colar alguno de los considerados indeseables. Dentro de unos años tendremos la perspectiva necesaria para juzgar si el Príncipe y el Gobierno se equivocaron o no al organizar un acto verdaderamente escueto. Ojalá no, pero uno se queda con la impresión de que la cautela, incluso el miedo, han entrado en el cocotal de la decisión primando sobre el peso y la historia de España y su proyección exterior en una fecha históricamente curiosa e importante.

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