¿Se parará Rusia?

La política internacional también hace extraños compañeros de cama. Mientras el presidente Karzai de Afganistán, que hace ya tiempo que decepciona a sus antiguos protectores americanos, manifiesta que la anexión de Crimea es legítima, el de Bielorrusia, aliado de Putin, muestra su temor a que la absorción de la hasta ahora península ucraniana oculte nuevos intentos similares de Putin para quedarse con territorios de otros estados en los que hay mayorías rusas.

Las posibilidades abundan. Tranistria, una franja de Moldova que se ha convertido en un protectorado ruso podría ser el primer paso. Hay zonas limítrofes de Estonia, asimismo habitadas muy mayoritariamente por rusos, que se encuentran a unos 100 kilómetros de San Petersburgo y en las que los dirigentes del Kremlin pueden utilizar el argumento de que actúan para impedir que esa población sea avasallada o humillada. Es algo que han usado con desfachatez en el caso de Crimea aunque es obvio que la integridad de los rusos en la península no había sido inquietada.

La cuestión ahora es lo que haría Occidente si Putin se decidiera a dar otro zarpazo. ¿Reaccionaría la NATO militarmente? Es harto dudoso ni siquiera para proteger a Estonia que forma parte de la Organización, y cuya soberanía debería ser defendida si es atacada.

Obama ha declarado en La Haya que la actitud de Putin demuestra que Rusia es sólo un poder regional que se esfuerza en emplear la fuerza para ejercer influencia en sus vecinos algo que una gran potencia como Estados Unidos no hace. En el mensaje del americano subyace que una gran potencia puede influir en los acontecimientos sin tener que recurrir a procedimientos contrarios al derecho internacional.

Esto no tranquilizará a Ucrania, a los tres Estados Bálticos, Georgia, Polonia o cualquiera de las naciones que temen la vuelta total a la Guerra Fría y verse obligados a calibrar hasta el más mínimo detalle el coste de adoptar cualquier política que no agrade a Rusia. Es decir, las que temen volver a contar con una soberanía limitada, mediatizada en buena medida por los deseos de Moscú.

A corto plazo, pues, el mundo parece resignado a tragarse el rapto de Crimea. Los aplausos a la iniciativa rusa han sido escasos y de sospechosos habituales, Siria, Venezuela…, con la ambigüedad de China, pero ya es un hecho consumado. Las sanciones a Rusia le harán cierto daño, los capitales vuelan del país, pero Putin piensa que las aguas volverán a su cauce. Ha ganado el primer envite. Tema diferente es lo que ocurrirá con Ucrania a medio y largo plazo. Las autoridades de Kiev se aproximan a la Unión Europea, algo detestado en Moscú y que creían haber frenado antes de la destitución de Yanukóvich. Simultáneamente, el sentimiento anti ruso crecerá en abundantes zonas de esa nación. El rapto de Crimea hará crecer los votos de las facciones poco proclives a tener lazos estrechos con la hermana Rusia.

Los pesimistas opinan que Rusia acabará interviniendo en Ucrania de nuevo, un embate militar sería, en principio, irresistible. Sin embargo, una vez más, a medio plazo la invasión podría tener consecuencias económicas y humanas muy costosas para Rusia. Putin puede soñar con recobrar parte de su imperio pero tonto no es.

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