Suárez en el exterior

Fiché por Suárez el día del entierro de Tito. Estando en Exteriores había formado parte de su séquito en un viaje oficial a Irak cuyo Vicepresidente, por cierto, era un tal Saddam Hussein que no mucho más tarde comenzaría a dar quebraderos de cabeza al mundo.

Cuando abandonábamos Bagdad llegó la noticia del fallecimiento de Tito y Suárez decidió rápidamente hacer una prolongada escala en Belgrado para asistir al sepelio. Conocía la importancia histórica del personaje y se percató de que sería una buena ocasión para ver a primeros espadas que acudirían a la capital yugoslava.

No se equivocó. Tuvo allí un interesante encuentro con la casi debutante señora Tatcher del que salió bien impresionado sobre la capacidad y las agallas de la británica. Tatcher también hizo comentarios elogiosos sobre él.

Suárez se había aficionado pronto a la política exterior y tomó decisiones que parecían osadas en su época, era valiente también en esto, pero en las que resultó un afortunado pionero. Dedujo que a España no le interesaba tener a Fidel Castro como apestado e hizo, primicia, un viaje muy comentado a Cuba. Convencido de que había que escuchar a los palestinos, sin nación a pesar de que la ONU había decidido que debían tenerla, recibió a Arafat en Madrid, otra primicia, lo que no le granjeó excesivas simpatías en determinados círculos estadounidenses que más tarde recocerían lo correcto de su iniciativa. En España hubo chanzas sobre su insistencia en la importancia del estrecho de Ormuz pero los acontecimientos le darían y le dan aún hoy en día la razón.

El político español fue respetado por sus interlocutores, Carter, Schmidt etc… con la excepción de Giscard que petulantemente pretendió  – Suárez no se dejó mangonear-, y que con su postura poco solidaria, en la cuestión del terrorismo y frenando nuestra entrada en el Mercado Común, le creó y nos creó enormes problemas.

En Iberoamérica, el carismático Suárez arrasaba. Sin barreras idiomáticas el malogrado Presidente resultaba persuasivo, seductor, imbatible en las distancias cortas. Su papel como principal partero de la democracia en España fue apreciado en países que aspiraban a alumbrarla.

Hice varios viajes con él. Su sentido del Estado, su convencimiento de la dignidad de su cargo, su palpable valentía, su ostensible desinterés por su enriquecimiento personal o por las prebendas de cualquier tipo, su interés y su habilidad por vender la mejor España lo convierten en un figura encomiable y que admiramos todos los que batallamos a sus órdenes en un momento especialmente relevante e ilusionante de nuestra historia.

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