La inoperante ONU y Ucrania

Mientras observadores políticos y medios de información trompetean que estamos en la mayor crisis política internacional desde que hace un cuarto de siglo acabó la Guerra Fría, la Bolsa de Nueva York se ríe a carcajadas y sube el martes de forma clara.

El órdago de Putin ha provocado asimismo varios papelones en diversos actores internacionales. Uno del que no se habla mucho, quizás porque se da ya por descontado, pero que tiene su relevancia es el jugado por las Naciones Unidas. Se han convertido de nuevo en un Don Tancredo pasivo gracias al veto ruso. Como es sabido, la Organización creada al fin de la Segunda Guerra Mundial para preservar la paz internacional se dotó de un órgano todopoderoso, el Consejo de Seguridad encargado de meter en cintura a quien violara la ley. Sus decisiones serían coactivas.

La idea era muy bonita pero los inventores de la ONU, los cinco grandes (Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China), barriendo para casa, introdujeron un aspecto muy beneficioso para ellos. Ese Consejo tendría quince miembros de los cuales 10 serían periódicamente elegidos. Ellos, los grandes, se reservaban el derecho de no tener que ser elegidos, es decir de ser miembros permanentes, y además el de poder vetar cualquier decisión. Y es lo que ha hecho Rusia en esta ocasión. Se ha intentado condenar e impedir el ilegal referéndum en Crimea. Los quince votaron, trece hicieron a favor de la condena, uno, China, se abstuvo y uno, Rusia, votó en contra. Resultado: no hay condena. La ONU queda impotente.

Los cinco Permanentes han hecho un uso desigual de ese obsoleto derecho al veto. La Unión Soviética, convertida ahora en Rusia, ha sido la más prolífica. Le sigue Estados Unidos. En los primeros años de existencia de la ONU, es decir hasta el año 2002 Moscú había lanzado el veto en 121 ocasiones y Washington en 75. Los americanos lo han hecho a menudo por cuestiones relacionadas con Israel y Oriente Medio, los rusos por temas diversos, hace meses Putin lo utilizó también en el caso de Siria.

Que avanzado el siglo XXI, a los casi sesenta y nueve años de la creación de la ONU, la comunidad internacional pueda verse frenada legalmente por la voluntad de un solo estado es algo que desafía toda lógica y todo sentido común. El veto es una afrenta pero ahí está, a ninguno de los cinco que lo posee, incluidos China y Francia, los más parcos en su uso, le interesa prescindir de él. Saben que a lo sumo pueden ser vapuleados verbalmente pero calculan que tarde o temprano escampará.

No es extraño, en consecuencia, que las Naciones Unidas sean un hazmerreír para bastantes analistas internacionales.

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