España crece en el Imperio americano

Ausente durante varios años después de mi larga estancia en Nueva York, encuentro a mi vuelta al  país americano varios signos de que la presencia española en Estados Unidos ha aumentando considerablemente en ciertos sectores. En la carísima Quinta Avenida de Nueva York, uno de los escaparates más vistosos del mundo, Zara ya no es un islote aislado. La firma gallega ya tiene en ella dos establecimientos, Desigual tiene otro, Camper también y dentro de poco abrirá sus puertas Massimo Dutti en otra lujosa esquina de esa arteria.

En supermercados, el queso manchego surge en más de una variedad, nuestro aceite de oliva continúa siendo abundantemente comercializado con nombres italianos pero las marcas españolas se encuentran también en las superficies importantes. El vino español, aparcado, con frecuencia, en el pasado en la denominación de “vinos de Latinoamérica” encuentra ahora más a menudo su nicho en un apartado de “España”. Si el Rioja era hace años señor absoluto ahora Ribera del Duero, me cuentan amigos americanos, y alguna otra denominación empiezan a ser apreciadas por los conocedores. Otro cambio, la Liga española puede ser captada sin problemas en la televisión. Hace unos diez años, los partidos se transmitían con menos profusión, ni siquiera Real Madrid o Barcelona tenían la garantía de ser vistos en el fin de semana. Ahora el abanico es más amplio y el Madrid-Barça del 23 de marzo ya es anunciado diariamente. Una parte importante de la audiencia, evidentemente, son los latinoamericanos que viven en este país, pero es obvio que los números han crecido.

Me ha sorprendido asimismo que un periódico tan capital como el New York Times dedique en tres días dos largos artículos a España. Uno de ellos era cantado, la ley que va a conceder la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes que fueron expulsados de España hace más de quinientos años tenía que ser noticia en una nación en que la minoría judía, con solo 7 millones de personas, cuenta con una enorme influencia y más aún en un diario en el que las noticias relativas a esa etnia tienen una inusitada acogida.

La otra es más folklórica. El periódico, arrancando en primera y de forma destacada, habla del posible cambio de horario en España y las consecuencias que ello implicará en nuestra vida. El artículo, desplegado, repito, de forma muy prominente, da más cabida, entre los entrevistados en nuestro país, a los que abogan por el cambio en favor de que gracias a ello España se convierta en un país más moderno y productivo etc… que a los que sostienen que el adelanto de una hora no cambiará excesivamente las cosas. Por supuesto, viniendo de un periodista americano, no faltan los clichés que ya implantó Hemingway, uno de ellos es el de la muy extendida práctica de la siesta a la que parece aferrarse la casi totalidad de España. Uno, cuando habla con los americanos sobre este punto, le gustaría tener datos relativamente fidedignos sobre el porcentaje de la población española que duerme la siesta y el que se niega en absoluto a prescindir de ella. Las cifras puede que sorprenderían a los que tienen esa imagen de España.

El periodista, por otra parte, esta peculiaridad también vende en Estados Unidos, trata de la forma increíble en que trasnochan los españoles. Ahí también da estadísticas que asombran un tanto ¿Hay verdaderamente doce millones de españoles que están viendo la televisión a la una de la madrugada?

Las conclusiones pueden ser controvertidas pero ya no aparecemos con un goteo constante de noticias pesimistas sobre nuestra economía etc…

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