Siria y la corrupción nos contaminan

Aparecer hoy en día junto a Siria en cualquier terreno es un estigma. La firma internacional que estudia diversos índices ha señalado que España y Siria son probablemente los países en donde la corrupción ha subido más en los últimos tiempos. Estos índices como las cifras del paro o las de audiencia de nuestra radio no son totalmente fiables pero resultan indicativas y muestran una tendencia. Los de la corrupción, al menos la percepción que se tiene de ella, han crecido enormemente en nuestro país. No somos los únicos, un descomunal 90% de franceses estima que ese cáncer es un auténtico problema en el sector público. En España, las estimaciones de personas críticas deben ser similares, pero nuestra peculiaridad es llamativa por varias razones.

De un lado, tenemos casos de sainete. Que un sindicato, hasta no hace mucho serio, tenga que lidiar cada día con una nueva revelación, la de la compra de bolsos hechos en el extranjero para un congreso en momentos de crisis y con fondos que estaban destinados a otros fines, suena a trapacería sistémica y poco ejemplar. Es picaresca a la española. Que en el Índice internacional nos saquen los colores comparándonos con Siria es otro aspecto penoso.

Esa nación árabe, por otra parte, está estos días en la prensa por algo más dramático. Una investigación de un organismo oficial de la ONU encuentra pruebas abrumadoras de que las autoridades sirias, incluidas las más altas lo que apunta al Presidente Assad, están implicadas en crímenes de guerra.

La afirmación procede de la señora Navi Pillay que es la Jefe del departamento de derechos humanos onusiano. Otras organizaciones señalan que el número de muertos en el conflicto de Siria rebasa ya los 125.000 y la cifra de desplazados a países vecinos y zonas del país no excesivamente baqueteadas es igualmente pavorosa, unos 2.272.000. La lectura de las estadísticas lo deja a uno frío, números, cifras etc… las digerimos sin problemas, pero hay que situarlo en la perspectiva pertinente. Es como si en España, en el plazo de dos años y medio, unos 4.500.000 personas se hubieran visto forzados a abandonar sus hogares y, a menudo, a huir al extranjero a hacinarse en tiendas de campaña.

Las revelaciones resultan incómodas para Estados Unidos y los países que respetan los derechos humanos. Obama ha hecho a lo largo de estos meses abundantes advertencias al líder sirio, “tiene que abandonar el poder”, “si lanza armas químicas habrá cruzado una línea roja” etc… Assad no ha hecho el menor caso y ha aceptado eliminar las armas químicas quitándole argumentos al Presidente americano muy reacio a entrar en una aventura militar y con una población estadounidense que no quiere más tropas en el exterior para sacar las castañas del fuego en conflictos que no creen afecten directamente a Estados Unidos.

La señora Pillay insiste, sin embargo, señalando que los esfuerzos de estos momentos para destruir las armas químicas de Siria no deben distraernos del hecho de que mayoría de las muertes causadas en el país han sido, por el gobierno o por los rebeldes, efectuadas con armamento convencional. La ONU, por la división de los Grandes, ha sido incapaz de parar la carnicería.