Espías y soplones

Los ciudadanos de Estados Unidos prefieren perder privacidad si esto les da más seguridad. Esto es una constante en su actitud que se vio reforzada después del atentado de las Torres Gemelas de hace doce años.

Las revelaciones del ahora exilado y oculto E. Snowden sobre los poderes que tienen los servicios de inteligencia de Estados Unidos para rastrear las llamadas telefónicas han levantado un cierto remolino en el país. Los minoritarios críticos aducen que en la nación que alardea de libertades se ha creado un Gran Hermano que controla todo lo que puede hacer un ciudadano. El remolino, sin embargo, no se ha convertido en tempestad. Los que censuran han tenido un reducido eco.

El gobierno y legisladores importantes de la Comisión de Secretos Oficiales han dado diversas justificaciones: no se escucha el contenido de las llamadas, sólo se controla el esquema de las mismas (con quién se habla, con qué frecuencia etc…), el programa está aprobado por el Congreso y hay unos jueces especiales que vigilan que no haya extralimitaciones.

Los argumentos resultan convincentes para una mayoría de la población lo que escandaliza a abundantes liberales europeos (“los americanos son una nación de borregos” etc…). Se olvida, con frecuencia en Europa, lo que ocurrió el 11 de Septiembre de 2001 y el impacto que causó en la sociedad yanqui. Aquello, yo lo observé allí, fue doloroso, humillante, traumático y la gente está dispuesta a pagar un alto precio para que no se repita. Si esto significa que los servicios de inteligencia conocen quién llama a quién, se asegura que no se escucha ninguna conversación de ciudadanos americanos, no importa. La Ley Patriótica aprobada en la era Bush en la estela del atentado del 2001 y que ampliaba los poderes de control del gobierno fue renovada sin problemas hace dos años. Este martes un sondeo del Washington Post, el periódico progresista en el que apareció la denuncia indignada de Snowden, muestra que los americanos no están mayormente preocupados por el tema. El muy leído columnista Tom Friedman abunda en el New York Times en la idea: ante todo hay que impedir que se repita algo como las Torres Gemelas.

El denunciante Snowden parece no tener el ego y las ansias de notoriedad de Assange, el mago de Wikileaks. Justifica su filtración en motivos puros. Le aterra que su gobierno pueda inmiscuirse en la vida de las personas y le decepcionó que la llegada de Obama no cambiara verdaderamente las cosas. Sus detractores, entre ellos dirigentes políticos importantes como el jefe de la mayoría republicana en el Congreso, lo consideran traidor a la nación. El gobierno aún no ha formulado cargos contra él aunque presumiblemente lo hará en breve. Desaparecido de Hong Kong donde había encontrado refugio y de donde podría ser extraditado a no ser que el gobierno chino vetara la decisión de las autoridades autónomas de la isla, podría ahora emerger en Moscú al haber pedido asilo a las autoridades rusas.

Si esto aconteciere pondría en una tesitura a Washington que vería un acto inamistoso ruso el confundir deliberadamente a un revelador de temas de inteligencia, a un soplón con un disidente político. Estados Unidos tiene, sin embargo, a medio plazo un temor mayor: que el ejemplo de Snowden y Manning (el cabo que pasó la información a Wikileaks) cunda entre los miles y miles de personas funcionarios o contratados de los Servicios de inteligencia americanos.