Duran i Lleida, Wert y el agravio catalán

Oigo que Duran i Lleida ha escrito a Rajoy diciéndole que la ley Wert de educación hace crecer espectacularmente el sentimiento de independencia en Cataluña.

No hay que echar en saco roto la conclusión del político catalán. Para nada. Tiene una parte de verdad, pero habrá que preguntarse quién tiene la culpa de que eso suceda, de que la nueva ley encrespe, excite, ofenda de tal manera a un sector de la sociedad catalana. En una situación normal, la fría lectura del texto no podría crear ninguna brecha seria entre la sociedad catalana y la del resto de España.

En un momento como el que vivimos, sin embargo, lleno de crispación y, sobre todo, en el que el victimismo de ciertos dirigentes catalanes alcanza cotas que en otro país resultarían incomprensibles sí que es posible que la ley separe a las dos sociedades.

Artur Mas y la gente que lo rodea vienen encontrando el modo de presentar, ante la opinión pública catalana, cualquier medida del Gobierno de la nación como algo vejatorio, insultante, claramente dirigido a sofocar la personalidad catalana. Desde la forma de explicar la historia, guerra de secesión, arguyen, en vez de sucesión, hasta las cuentas pendientes con el Estado capítulo en el que remachan hasta la saciedad que son “el motor de la economía española”(¿Madrid no lo es?), que son la comunidad que más paga, incorrecto, y olvidando no sólo que quien verdaderamente paga son los individuos sino que ellos tienen un jugoso mercado español en el que colocar sus productos y que si yo me compro un yogur Danone en Almería estoy enviando mi aportación fiscal por ese consumo, de ese y de tantos productos, a Cataluña porque la empresa que lo fabrica cotiza allí.

La ley Wert, inevitable en muchos de sus aspectos por la penosa situación de nuestra educación, que estemos a la cabeza europea del abandono escolar es patético, tendrá aspectos claramente discutibles. El establecimiento de la asignatura de religión, aunque haya que aclarar que es facultativa, es decir no obligatoria, suscita evidente controversia. Que no se ponga suficiente énfasis en la enseñanza del inglés es criticable.

Ahora bien, llama poderosamente la atención que el tema que chirría enormemente en Cataluña sea el intento del ministro y del Gobierno de que cualquier español pueda educarse en la lengua que es de toda la nación (y, además, una de las de mayor progresión en el mundo). Dice el ministro que cuando aborda el asunto en el extranjero nadie entiende el sofoco de los dirigentes catalanes. A mí me ha ocurrido otro tanto, cuando explico en el extranjero que no se trata en absoluto de frenar la utilización y la enseñanza del catalán en Cataluña sino de que se pueda tener similar acceso a la del español si se desea mis interlocutores no lo entienden. Me lo hacen repetir, creen que me estoy expresando mal en inglés o en francés.

Me pregunto, por lo tanto, lo que ocurriría si, cuando el Gobierno central dicta una norma molesta para cierto nacionalismo catalán, los dirigentes de la Generalidad en vez de coger el megáfono y gritar estentóreamente: “humillan a Cataluña”, “los castellanos nos quieren robar algo sagrado de nuevo”, ” esto demuestra que no nos quieren” se dedicaran a considerar el asunto con frialdad y no a cavilar que ya han encontrado otro filón, otra causa para, exagerándola y retorciéndola, avivar el sentimiento independentista.

La Ley Wert, como otras medidas, puede haber creado bastantes independentistas. Pero serían muy pocos, poquísimos, los que nacerían sin el concurso entusiasta e incansable de avivafuegos del señor Mas y de otros dirigentes catalanes entre los que no incluyo, por lo que intuyo, al señor Duran.