Obama a la defensiva

El atentado del maratón de Boston y la pesadilla vivida por las tres jóvenes en Ohio se han desvanecido considerablemente de las portadas de la prensa de Estados Unidos. La política, y no en el mejor sentido del término, ha ocupado su lugar.

La oposición republicana ha encontrado dos filones que ponen en tela de juicio la credibilidad de Obama. Explotan el tema profusamente. Los titulares mediáticos son elocuentes: “A Obama se le amontonan los problemas”, “Crisis en la credibilidad de Obama”, “La maraña de mentiras en Libia”, “El nuevo Watergate del IRS” etc…

Los temas engorrosos a los que aludo, hay más, son pues, las versión dada hace algo más de año por el gobierno de Obama sobre el atentado y muerte del Embajador americano en Libia y la acusación de que el IRS, es decir, la Agencia tributaria del país estaría mostrando un excesivo celo buscándole las cosquillas a los grupos republicanos del Tea Party.

El atentado contra el “Consulado” estadounidense en Bengasi ocurrió pocos días antes de la reelección de Obama. La versión de los acontecimientos que dieron las autoridades de Washington fue un tanto edulcorada. Aunque el presidente dijo inicialmente que se trataba de un acto terrorista las personas inmediatamente debajo de él, especialmente la Embajadora en la ONU, huyendo del calificativo, explicó que no se trataba de nada premeditado sino que una muchedumbre de manifestantes se había excitado al oír noticias antiamericanas procedentes de Egipto. La atribución a los terroristas desapareció de la circulación. Se trataría, en consecuencia, según la versión de los que ahora denuncian, de evitar el desgaste del presidente fechas antes de la elección por temor de que se comentara que el gobierno no había tomado medidas adecuadas para proteger el Consulado.

Los testimonios de ahora prueban no sólo que se trató de un atentado preparado por Al Qaeda, lo que ya fue aceptado hace meses por el gobierno, sino que el Departamento de Estado había sido claramente advertido de la posibilidad de que algo semejante ocurriera. Ha salido también a la superficie que el inmueble en cuestión no era un edificio diplomático propiamente dicho sino la sede de la CIA en esa zona Libia.

Los republicanos capitalizan el asunto, de un lado porque siempre es bueno quemar la imagen de Obama, personaje que bastantes de ellos detestan, y de otro porque el fuego puede llegar a Hillary Clinton, titular del Departamento de Estado entonces, y que se perfila como la candidata a derrotar en las próximas elecciones de 2016. Necesitan bastante munición con que ensuciarla porque su popularidad es considerable.

La segunda andanada es asimismo peliaguda. Los funcionarios del IRS de un Estado habrían actuado, reza el cargo, discriminadamente contra grupos del Tea Party acosándolos y denunciándolos fiscalmente. La utilización partidista de los inspectores de Hacienda tiene algunos precedentes en el país, el demócrata y prestigiado F.D. Roosevelt la utilizó y otro tanto realizó Nixon que tiene una reputación de marrullero.

En los dos casos mencionados la actuación fiscal provenía de órdenes de la Casa Blanca, ahora parece que es labor de unos funcionarios intermedios. Al parecer, la decisión de hace unos tres años del Tribunal Supremo abriendo la mano para la financiación privada de los partidos llevó a la creación de numerosas asociaciones, que bajo el paraguas de la cláusula 501(c), podían acogerse al status de exentas de impuestos. Los defensores de la pureza de Hacienda sostienen que fueron más numerosas las asociaciones republicanas que se acogieron a esta norma que las demócratas y de ahí que haya muchas más entre las inspeccionadas.

Un comentarista defensor del presidente apunta que un pecado venial de unos funcionarios se quiere convertir en uno mortal de Obama y éste señala que son fuegos artificiales partidistas para no abordar temas importantes del país. La casi inaudita polarización de la sociedad estadounidense impedirá, con todo, que el tema desaparezca.

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