Alemania 3 – Francia 0

La crisis de Chipre ha quitado las máscaras y los taparrabos. Todo el mundo sabe desde la reunificación germana que Alemania era el actor protagonista en la Unión Europea. Incluso Francia se dio cuenta, con un poco de retraso, hace unos diez años. Con todo, esto era un valor sobreentendido, la convicción no se pregonaba en público.

El drama chipriota lo ha puesto en candelero y con focos. Francia no está en su mejor momento ni su política, ni su situación económica ni el talante de su población. Una catedrática parisina Claudia Senik ha escrito que los franceses se sienten mustios, miserables, que la mentalidad cultural y su sistema indicativo les inclinan a ello.

El momento es delicado; aunque su situación sea mejor que las de otros que estamos en el Sur de Europa, las nubes en el horizonte se espesan. El paro va a alcanzar los 5 millones de personas, la caída en las ventas de inmuebles nuevos se acelera, el Consejo de Estado ha dado un brusco frenazo al intento del gobierno de gravar las grandes fortunas con un 75% (lo que estaba provocando un éxodo, aún modesto, de adinerados, ejecutivos etc…) y hasta las Fuerzas Armadas, que ya habían sufrido con Sarkozy -en todas partes cuecen habas-, van a recibir un profundo hachazo en sus presupuestos.

Resulta una paradoja que en momentos en que Estados Unidos, mirando hacia China planea reducir sus efectivos militares en Europa los dos país con mayores ejércitos del continente piensen en encoger su potencial bélico. Pero éste es tema para otro día.

De la Europa, un tanto postrada, surge con fuerza Alemania. La señora Merkel, como sus predecesores, rehúsa cualquier aventura militar e incluso se muestra poco solidaria en las iniciadas por sus socios, en Libia etc…, pero económicamente da las cartas y fija las reglas del juego. Las elecciones en Alemania están a la vuelta de la esquina, en septiembre, y Angela Merkel no quiere perder un voto ante un electorado escamado con el comportamiento alegre de los europeos sureños. Sigue predicando las bondades de la austeridad y de las reformas y resulta irónico que los enemigos de Rajoy se levanten con indignación contra las medidas del Gobierno mientras la señora Merkel le da a entender que no son suficientes.

En la población germana empieza a sorprender que siendo su país el que sigue alimentando mayormente el grifo de los créditos de cualquier rescate a un debilucho europeo la opinión pública de muchas naciones del sur se haya vuelto marcadamente antialemana. Angela Merkel o sus ministros son presentados poco menos que como nazis y sus figuras vilipendiadas. Que a la cabeza del Eurogrupo que ha recetado la medicina de caballo para Chipre se encuentre un puritano holandés que parece comulgar con las tesis alemanas no ayuda a suavizar la nueva animosidad. Alemania es ahora el coloso respetado pero resentido, cada vez más cuestionado. En nuestro país empieza a aflorar asimismo ese sentimiento.

El papel de prepotente ogro que durante décadas ha ocupado Estados Unidos y sus grandes empresas en la mente de muchos europeos empieza ahora a llenarlo Alemania y sus dirigentes. Puede ser injusto, como también lo podía ser el baldón imputado a Washington, pero es una realidad creciente.