Cónclave: cuando España podía vetar al elegido Papa

Es sabido que una de las primeras decisiones que tomó el rey Juan Carlos fue la de eliminar el privilegio que venían teniendo los Jefes de Estado españoles de participar en la elección de los obispos de nuestro país. La renuncia se llevó a cabo rápidamente.

Pero hay otro privilegio que fue abolido mucho antes, a principios del siglo XX: el llamado de la exclusiva, es decir, el de poder vetar a un cardenal papable. Modernamente, determinados pontífices potenciales, sin poder ser ya vetados,  han sido claramente incómodos para un régimen político. Montini, que reinó bajo el nombre de Pablo VI, no entusiasmaba al gobierno de Franco. Había tenido un doble pequeño desliz diplomático con un telegrama que remitió a Franco pidiendo clemencia para un condenado que había colocado una bomba que causó una muerte. Montini pedía que no se le ejecutara, en realidad, había sido mal informado, no había sido condenado a muerte, y filtró su telegrama a la prensa antes de que llegara a su destinatario. El gobierno de Franco se irritó y el muy católico ministro Castiella envió un telegrama reticente al cardenal en el que le tiraba de las orejas quejándose de la filtración apresurada y de la mala información del prelado. Cuando algo más tarde tuvo lugar el Cónclave en que  Montini sería elegido la prensa italiana comentó  que los cinco cardenales españoles tenían instrucciones de oponerse a Montini. El cardenal Pla y Deniel lo negó vehementemente.

La Unión Soviética vio aún con mucha  mayor preocupación la elección de Juan Pablo II. Un Papa polaco, conocedor, por lo tanto, de la pobredumbre del sistema soviético, simpático, políglota, podía crearle problemas. Así fue, la conducta de Juan Pablo II, su apoteósica visita a Polonia, sus discursos contribuyeron a resquebrajar la fortaleza soviética  al  dar alas insospechadas a los países satélites. Moscú intentaría impedir el viaje del Papa a su país natal y, según versiones no despreciables, estuvo detrás del atentado contra el Pontífice en la Plaza de San Pedro el 13 de Mayo de 1981. El Papa evitaría posteriormente hablar del tema de la autoría.

De mayor calado era el veto puro y duro que ciertos Estados europeos, España, Francia, Austria, se arrogaban desde finales de la Edad Media y que la Iglesia aceptaba (Portugal era aspirante a la misma prebenda). Nuestro rey Felipe ya reunió en 1598 a diversos eclesiásticos reputados para que se pronunciaran sobre el tema. Este consejillo dictaminó que Su Majestad Católica podía ejercer la exclusiva, es decir el veto “siempre que fuera para el bien de la Iglesia y el Estado”. El vetado lo era a perpetuidad, para ese Cónclave y para los que pudieran seguir según el principio “semel exclusus, semper exclusus”. Se conocen varios casos de “exclusiva” de Francia y Austria en el siglo XIX. El veto, que en ocasiones se negociaba y en otras se presentaba formalmente, era normalmente comunicado por un cardenal de la nación que lo ejercitase.

España lo hizo por última vez en 1903. Nuestro gobierno informaba de la urgente necesidad de que la vacante al trono de San pedro fuese ocupada “por una persona de consumada virtud, prudencia e imparcialidad, que no se deje seducir por los que tienen interés en la discordia”… …”Estando persuadido de que no se conseguirán estos santos y laudables fines con la elección del cardenal X… le da la más formal exclusiva”.

De es modo, el papable dejaba de serlo, el anacrónico veto funcionaba.