Meandros de la elección del nuevo Papa

El Cónclave que se reunirá dentro de un mes para elegir al sucesor del Papa tiene diversas peculiaridades. No es la menos interesante que Benedicto XVI no ha muerto siendo Papa, algo que solo había ocurrido una vez en la historia, la segunda es que el Pontífice ha anunciado que no dejará la silla de San Pedro hasta el 28 de febrero. Esto y las fechas necesarias a principios de marzo para la llegada de los cardenales, la preparación de la importante reunión etc… da un espacio de tiempo suficientemente dilatado como para que Benedicto XVI pueda influir en la elección de su sucesor. Si dependiera de él, una persona conocida por su integridad, bondad y humildad pero defensor de abundantes valores tradicionales, no se escogería ciertamente un revolucionario.

Otra peculiaridad es que la mayor parte de los cardenales que tomarán parte en él han sido nombrados por Juan Pablo II o el propio Benedicto XVI. Es decir, si podemos generalizar, puede que haya un número notable de avanzados en determinados temas sociales, denuncia del capitalismo rampante, defensa de los derechos humanos… pero en otros relevantes, el papel de la mujer en la iglesia, el aborto, las prácticas anticonceptivas… puede predominar el talante conservador. Algo que muchos católicos del mundo desarrollado lamentan.

El occidentalismo de los cardenales no ha desaparecido. Europeos y norteamericanos representan el 63% de los participantes, un porcentaje a todas luces excesivo a juicio de algunos y teniendo en cuenta los avances de la Iglesia Católica en África. Que unos 30 de los 117 asistentes programados sean italianos también parece en el siglo XXI un anacronismo. ¿Por qué hay más italianos que franceses, españoles y portugueses juntos?.

Si con los dos últimos papas se rompió el “italianismo” papal, ahora dicen algunos, debería romperse con el eurocentrismo. No es seguro que así ocurra aunque haya papables entre los miembros del tercer mundo desde el cardenal de Ghana, religioso relativamente joven, hasta el cardenal Rodríguez Maradiaga de Honduras que se ha distinguido por su lucha contra la corrupción y el tráfico de drogas. Su edad parece la correcta, “sólo” tiene 70 años bastante mayor que Juan Pablo II cuando ascendió al trono de San Pedro pero bastante menor de la edad que tenía en momento parecido Benedicto XVI. Los expertos de la Curia dicen que las quinielas fallan, que el que entra al Cónclave como papable sale como cardenal, pero es un dicho ingenioso con múltiples excepciones. Una reciente, entró papable, la del cardenal Montini que reinaría como Pablo VI. Papable, por supuesto, era Wojtyla, es decir Juan Pablo II.

En Estados Unidos, que envía 11 cardenales al crucial evento, ha surgido un pequeño revuelo con la participación del jubilado monseñor Mahony cardenal de Los Angeles y al que recientemente el arzobispo de la diócesis, facultado para ello, le privó de cualquier competencia legal o administrativa. Mahony ha sido acusado de tratar de evitar el traslado ante la justicia de determinados sacerdotes acusados de abusar de menores. Mahony, a menudo, los destituyó y ha pedido perdón pero intentó, en algún caso con éxito, evitar que fueran juzgados. Hay feligreses de la diócesis que defienden al prelado alegando que aunque con tardanza reaccionó, que tiene una trayectoria notable en defensa de los necesitados, es por ejemplo, un preclaro paladín de los derechos de los emigrantes, y que su presencia, por su carácter progresista, será beneficiosa para contrarrestar la de otros príncipes de la iglesia más anclados en el pasado.

Los cardenales se encierran en la capilla Sixtina para las votaciones, dos en cada sesión. No hay ayudantes ni secretarios en el interior. El elegido debe obtener los dos tercios más uno de los votos. No trasciende demasiado lo que ocurre allí dentro. Antes de comenzar realizan un juramento: “Prometo, me obligo y juro mantener escrupulosamente el secreto sobre cualquier aspecto que de algún modo tenga que ver con la elección del Romano Pontífice”.