Malí es bueno para las encuestas

El presidente Hollande ha tenido una envidiable recuperación en las encuestas en el último mes; de un 36% de aprobación ha pasado al más confortable 43%.

Las razones de la intervención francesa en Malí pueden ser diversas; las hay confesadas y plausibles como las de defender la integridad de Malí y detener el avance fundamentalista; las hay menos confesables como la de proteger la estabilidad de Níger, país que exporta uranio vital para Francia y otras aún más peregrinas pero no descartables como el deseo de Hollande de mostrar su estatura de líder, como hizo Sarkozy en Libia, y la presión del Ejército de tierra francés que fue ninguneado en Afganistán por los americanos y que en Libia no operó. Allí el protagonismo fue de la Aviación. Los de tierra querrían probar que aún sigue siendo indispensables.

El hecho es que Hollande ha salido fortalecido con el fulgurante avance y éxito de las tropas francesas flanqueadas ahora por las de Malí y las de otros países africanos. Un 61 por cien de nuestros vecinos aprobaban hace días la intervención militar y las tropas galas han sido recibidas en las localidades que libraban con sinceras muestras de entusiasmo y agradecimiento. No es de extrañar, los fundamentalistas habían comenzado a aplicar la sharia versión “heavy”que significa prohibir la música y la televisión, lapidar adúlteros, cortar manos de ladrones, destrozar bibliotecas con documentos antiguos etc…

Hay un cierto paralelismo, en estas semanas de éxito, con la llegada de los estadounidenses a Afganistán hace justamente diez años cuando expulsaron del país a los talibanes. Hollande se esfuerza ahora en que el paralelismo se detenga ahí, es decir en que no emerja la parte mala de la presencia estadounidense en aquel país asiático. Las similitudes entre las dos situaciones no son nimias. Los islamistas han sido derrotados y están en desbandada pero se han ocultado en las montañas de los bordes del norte de Malí y habrán cruzado a países desérticos vecinos. Mantener una presencia disuasoria de fuerzas francesas y aliadas en el país significaría decenas de miles de hombres durante bastante tiempo. Algo económica y políticamente insoportable.

El presidente francés ha pedido ayuda ayer en el Parlamento europeo a sus congéneres de la Unión Europeo que han sido bastante cicateros hasta la fecha olvidando que un santuario de terroristas en el norte de África sería nefasto para todos. Hace días el periódico Le Monde ironizaba comentando que los aliados de Francia le habían asegurado que estaban detrás de ella pero que efectivamente estaban detrás muy detrás. La postura, en buena medida inhibitoria, de Alemania en los conflictos africanos es especialmente significativa.

Con todo, aunque las capitales europeas y Washington mostrasen una solidaridad más generosa con París, la debilidad del gobierno de Malí y la extensión del territorio hace difícil una solución satisfactoria estrictamente militar. Los terroristas pueden agazaparse y asestar en un futuro inmediato golpes dañinos en el país y en los vecinos. Es necesaria, pues, una acción política paralela. Sentarse a negociar con los grupos tuaregs más laicos del norte que tienen quejas de décadas por el olvido en que los tiene la capital, concederles quizás alguna especia de autonomía y, convencerlos, en definitiva de que Al Qaeda y los fundamentalistas son parásitos que se han aprovechado de sus reivindicaciones para montar su conquista de Malí. Hacerles ver que las pretensiones de los tuaregs, un reconocimiento de derechos, son distintas de las de Al Qaeda cuyo único objetivo es lanzar una cruzada dañina contra Occidente. Ardua labor.