Armstrong el mayor tramposo de la historia

Lo había profetizado su compatriota Greg Lemond, también ganador del Tour en tres ocasiones, cuando Lance Armstrong regresó al ciclismo después de que ya lo hubiera salpicado algún escándalo: “Si lo que cuenta Lance es cierto estamos ante la mayor recuperación de la historia del deporte. Si no es verdad, estamos ante la mayor estafa”.

No era verdad, la farsa era descomunal. La Federación ciclista de Estados Unidos (USADA) publicó hace meses un largo informe de 202 páginas que probaba de forma fehaciente que el siete veces campeón del Tour se había dopado habilidosamente. Fue despojado de sus títulos mientras seguía negando la evidencia. Ahora, el ciclista tejano se confiesa en el muy visto escaparate televisivo de Oprah en un programa que se emitirá el jueves y admite que sí lo hizo.

La confesión es una sofisticada operación de relaciones públicas tanto por el lugar como por el momento. Escoger el programa de Oprah, la periodista más famosa de Estados Unidos, persona honesta pero de evidente desconocimiento del mundo del ciclismo y que previsiblemente no le daría dentelladas en el cuello para arrancarle sus desmanes, tiene por objeto suscitar la compasión de los espectadores. Armstrong calculadamente habrá aparecido con ojos humedecidos mostrando su arrepentimiento. Sus asesores le habrán sugerido todos los matices de su interpretación ante las cámaras.

Que el farsante se haya decidido a admitir su felonía ahora tiene asimismo una explicación. Con su confesión, el ciclista tendrá sin duda que aflojar el bolsillo. El Sunday Times, que fue condenado por libelo cuando denunció al ciclista, querrá una indemnización, otras instituciones también pueden pedir compensación y hay países como Australia que solicitan que devuelva las primas que le abonaron por ganar esta o aquella carrera.

Todo esto le puede suponer a la vedette ciclista unos 15 ó 18 millones de dólares. Cantidad respetable pero perfectamente asumible para un personaje cuya fortuna es de 100 millones. Lo que teme el tramposo es de más cuantía y calado. Puede, en primer lugar, ser acusado de perjurio, algo serio en EEUU, lo que lo llevaría a la cárcel. Más temible aún es que el Departamento de Justicia de Estados Unidos quiera unirse a la querella presentada por el ciclista Landis sosteniendo que Armstrong ha defraudado al fisco de Estados Unidos porque hizo trampas mientras era patrocinado y financiado por un organismo oficial del país, la Oficina de Correos. Si Justicia apoya la demanda, el tema se le complica. Por último, el ciclista es el famoso por excelencia, con un ego mayor que el de una altanera cantante de ópera. Armstrong vive de su fama. Si es perdonado, si gracias a sus “sentidas” confesiones consigue aparecer como el hijo pródigo pronto le lloverán las ofertas para dar conferencias millonarias, jugosos contratos para patrocinar productos… Un famoso tiene su dinámica, para seguir haciendo millones tiene que estar permanentemente en el candelero.

Todas las personas que sufrieron con Armstrong por revelar sus prácticas ilícitas, y a las que este amedrentó y calumnió de forma inmisericorde, se sentirán reivindicadas pero el daño está hecho. Una masajista irlandesa que contó lo que veía fue tratada por él en la prensa de prostituta y de dada a la bebida. La campeona mundial de ciclismo vio como con el embrollo del ciclista, al empañar la imagen del deporte, generalizando, le quitaban el patrocinio. Otro tanto le ocurrió a Lemond.

Los periodistas ahora se desmelenan. Uno conocido Buzz Bissinger, que el pasado verano aún dio a entender que ponía la mano en el fuego por el ciclista, rezuma indignación por haber pecado de pardillo engañando a sus lectores. Concluye que el mal está hecho y sentencia: “Lo único bueno es que mi hijo que idolatraba a ese fullero ahora lo odia”.

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