Lecciones de la sinvergonzonería de Armstrong

Alguien lo ha calificado como el deportista más tramposo de la historia y parece que se merece el calificativo. Ganar siete Tours de Francia dopándose, querellarse lleno de santa indignación contra los medios de información que insinuaban que había cosas poco claras en alguno de sus triunfos, amenazar a la mujer de algún compañero de equipo que decía haber visto algo raro en la preparación de los ciclistas… parece evidente que Lance Armstrong era un farsante y un estafador monumental.

Mientras el escándalo se iba incubando -resulta curioso que haya sido la Federación ciclista de su país, la Usada, la que huyendo de todo patrioterismo ha ido haciendo las pesquisas que han desenmascarado al ídolo- el ciclista seguía apaleando millones. Retirado, había conseguido, demandando con éxito y amenazando con hacerlo, pidiendo cantidades astronómicos por atentar a su honor, limpiar su nombre y seguir ingresando millones de euros al año por patrocinios de diverso tipo. Se calcula que tiene una fortuna de 96 millones de euros.

Las revelaciones de Usada y la aceptación de su dictamen por la Unión ciclista internacional van a acabar con estos grifos de dinero. Una tras otra, las compañías patrocinadoras, que hace un par de semanas aún creían o fingían creer en la inocencia de la estrella, se descuelguen de sus compromisos. Nike, la fábrica de bicicletas Trek, las gafas Oakley han rescindido el contrato con el corredor. Seguirán más. Del panorama de Armstrong desaparece en los próximos años la friolera de 115 millones de euros que no percibirá.

A la caída de los ingresos seguirán otros sinsabores. Dirigentes franceses dicen que al ser despojado de los siete títulos del Tour debería también devolver los tres millones de premios que obtuvo con ellos, así lo establece el reglamento de la UCI. A ello se unirían casi 6 millones que le reclamará una compañía de seguros especializada en los riesgos ligados a premios deportivos, una sanción de un millón y medio de euros por haber cometido perjurio en Estados Unidos… El perjurio en ciertos casos es un delito grave en aquel país y algún belicoso apunta que el ciclista debería cumplir años en prisión como establece la legislación penal yanqui. También podría ser acusado de fraude fiscal y de intimidación de testigos.

Las preguntas que brotan ante el affaire son la de cómo ha podido no ser descubierto antes y que pasará ahora con el ciclismo. ¿Habrá mayores controles que hagan el caso irrepetible? Las dos preguntas están encadenadas. La UCI no ha sido lo diligente que debía ser, hay quien malévolamente desliza que cuando surgieron las primeras sospechas sobre Armstrong no prestaron mayor atención porque el corredor había hecho un importante donativo a la Institución. Bastantes personas del mundo del ciclismo van más allá, sostienen que el problema no se resolverá mientras la UCI siga operando con negligencia y no confiando la supervisión del asunto a organismos totalmente independientes.

El escándalo viene cuando el Tour va a celebrar su cien aniversario. Los franceses que fueron los primeros críticos de la conducta de Armstrong, y que fueron acusados de envidiosos en cierta prensa estadounidense, se regocijan por el trabajo de sabueso de la Usada.

No falta quien diga que el trabajo que realizó el ciclista en la lucha contra el cáncer, el lo tuvo de joven, creando una fundación que ya ha gastado, con donaciones americanas, 350 millones para combatirlo, es inapreciable y que ahora la Fundación, de cuya Presidencia el corredor acaba de dimitir, tendrá más problemas para recaudar fondos.

Es posible pero la sinvergonzonería desmadrada y contumaz del orgulloso Armstrong hacia inevitable su caída.