Tombuctú y la barbarie

El mundo está muy ocupado con crisis económicas y elecciones presidenciales como para prestar atención a tragedias del tercer mundo. La cuasi guerra civil de Siria ya casi llena el cupo de lo que la opinión pública de los países desarrollados y de aquellos que aspiran a serlo puede abarcar en un momento determinado.

Por ello, el drama de Malí sólo es tratado tangencialmente. Los islamistas fundamentalistas han tomado el control de una buena parte del norte de esa nación y entre sus fechorías está la de destruir tumbas y monumentos islámicos del siglo XIV. Los monumentos pertenecen a la secta malakita y los radicales quieren borrar todo vestigio de lo que no sea la pureza dogmática que ellos sostienen. La Unesco está horrorizada, los monumentos eran Patrimonio de la humanidad pero, como ocurrió con los Budas de Bamiyan, víctimas asimismo del oscurantismo de un grupo radical islámico, poco se puede hacer.

Mali es un país enorme, tiene casi la extensión combinada de Francia y España, unos 12 millones de habitantes y su frontera norte es enorme porosa. Por ella se han colado estos años extremistas musulmanes que huían las autoridades argelinas y, más recientemente, el levantamiento contra Gadafi en Libia ha producido la entrada masiva de armamento de diversas facciones libias.

El régimen de Malí de Touré era un tanto mimado por gobiernos occidentales porque mantenía el orden aunque el país se estaba convirtiendo en un importante punto de paso de la droga que llegaba a Europa. Varios funcionarios del gobierno estaban probablemente “untados” con el tráfico de estupefacientes.

En este escenario llegó no hace mucho un golpe de Estado militar. Era lo que necesitaban los tuaregs conspiradores del norte, quejosos de que el gobierno central no les daba ayuda en su lucha contra grupos irregulares, para poder campar por sus respetos. Intentaron crear un estado independiente en la región, no reconocido por nadie, y aquí fue Troya. Debilitado el poder central dos grupos islamistas Ansar Dine y Al Qaeda en el Magreb islámico, responsable este último del secuestro de varios turistas y cooperantes europeos, pululan con libertad en amplias zonas septentrionales. El derribo de los monumentos de Tombuctú tendría por objeto no sólo la exclusión radical de otras variantes del islamismo sino la reafirmación de la autoridad de los jefecillos radicales. Su finalidad es hacerse respetar castigando a los “impíos” e imponer la charía islámica.

El problema parece que nos resulta lejano. Marruecos y Guinea que ven el lobo cerca han pedido que se intervenga militarmente. La ONU podría aprobar la actuación militar de alguna organización interestatal africana lo que, caso de que se ponga en marcha, tomará su tiempo y alguien tendrá que financiarla.

La cuestión, con todo, no es distinta ni distante. El asentamiento en esa zona de África de bandas cercanas a Al Qaeda que se mueven impunemente por la zona nos puede acabar trayendo quebraderos de cabeza.

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