¿Cuántos cantan “yo soy español”?

Una muy notable mayoría de ciudadanos españoles ha vibrado con la selección nacional. Entre los notables efectos de la saludable juerga que nos han proporcionado Casillas, Iniesta, Sergio Ramos, Xavi etc… están los de haber echado a muchas mujeres entusiasmadas a la calle y haber borrado el estigma, sólo parcialmente, me temo, del porte de la bandera nacional. Después del tercer triunfo de la Roja, menos gente creerá que aparecer con la bandera en algún sitio tiene un tufillo fascista. Lo de tener pudor en mostrar la bandera en un Estado democrático es algo que sólo ocurre en España, los goles de Silva, Alba, Torres y Mata habrán contribuido a difuminar esa reticencia. No es menos relevante que la prensa internacional se haya volcado con elogios con España, EN PORTADA. “¿Es España la mejor selección de la historia?” preguntaba un periódico, “son extraterrestres” apuntaba otro. Algo casi inédito.

Los efectos se disiparán relativamente pronto. Dentro de diez días esto será historia, hermosa, desde luego, y volverán las zozobras económicas, las divisiones políticas y la revelación de casos de corrupción. “Le Figaro” escribía ayer que “los españoles están hartos de chorizos”. Es cierto y lo malo es que esos chorizos, de la política o de la banca, escapan prácticamente sin un rasguño. En esto también somos casi únicos.

Una pregunta interesante es la de si la selección ha despertado el mismo entusiasmo, incluso si ha hecho patria en las zonas de España en las que el movimiento disgregador ha crecido. La respuesta es ambigua. Es claro que Cataluña no está llena de Laportas ni el País Vasco de gente como José Luis Bilbao que manifiesta su preferencia por la victoria de Alemania o Italia antes que la de España. Para los que creen que vascos o catalanes han vuelto la espalda a los éxitos de la selección podemos citar que los encuentros del equipo nacional tuvieron un altísimo seguimiento de 74´3% en Cataluña y de 72´1 en el País Vasco (la media nacional fue de 83%).

Ahora bien, un pesimista podría alegar que los números son engañosos, que un número de los que pusieron el televisor podían ser o estrictos amantes del buen fútbol, la selección ofreció el mejor, o personas deseosas de que la Roja se diera un batacazo.

Un realista no sería tan negativo. Ahora bien, no tendría más remedio que recordar que todo un Urkullu hizo unas declaraciones un tanto ponciopilatescas sobre sus preferencias, ¡el día que jugaba España!, y que ciudades importantes de la Nación optaron a pesar de las peticiones, por no instalar pantallas gigantes en espacios públicos cuando sí las habían montado para la final entre el Barcelona y el Atletic de Bilbao. Algo, en principio, paradójico. Que no hubiera un clamor generalizado e irritado para que se pusieran causa algo de extrañeza.

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