La Selección entre el arrobo y la rabia

Se pone mucho énfasis ahora en la marca “España”. Se dice que hay que poner a los españoles internacionalmente famosos a la cabeza de la campaña para promocionar nuestros productos en el exterior.

La idea es bonita aunque tiene ribetes irrealistas. No resulta del todo convincente que un importador mejicano o finlandés por muy aficionado al fútbol que sea y por mucho que le apasionen el providencial Casillas o el genial catalán Xavi va a comprar máquinas o muebles españoles si los precios no son los adecuados o si el producto le resulta menos serio que el realizado en Austria o en Japón. La competitividad prima sobre la popularidad de nuestras figuras.

Con todo, si la imagen mediática de nuestros famosos tiene algún tipo de incidencia en el consumo de lo español, alguna tendrá, perdimos una buena ocasión con motivo del Mundial de Sudáfrica. Ese continente, muy futbolero y prendado del Manchester United, acabó de descubrir a nuestros futbolistas y se enamoró de Torres, de Villa, de Iniesta y de Casillas. Una campaña nuestra utilizando a la llamada Roja podría haber tenido sus frutos en algunos de los mercados africanos que empiezan a despegar con fuerza.

El Rey ha entendido desde siempre la importancia de apoyar en directo a nuestras empresas, de “difundir la marca España”, y ha emprendido con su muleta un largo viaje a Brasil y Chile para reforzar las posibilidades de nuestros empresarios. Estos saben bien que el monarca nunca ha escatimado esfuerzos en este sentido.

La llegada de la selección de fútbol a la ciudad polaca que jugó un papel no despreciable, junto con el Papa Juan Pablo II, en socavar al régimen comunista títere de la Unión Soviética, nos llega con el anuncio, cuando cuatro quintas partes de los españoles suspiran por ver nuevos éxitos de los del Bosque que nos alegren el sombrío panorama económico, de que determinadas ciudades de nuestro país no van a instalar pantallas al aire libre para ver los partidos. Que esto ocurra en una población controlada por Bildu resulta previsible pero que suceda en la cosmopolita Barcelona pasma un tanto. Por el escaso interés de la población no puede ser. En las jornadas sudafricanas miles de barceloneses, bastantes de ellos culés, se echaron con alegría a la calle.

Leemos hoy que Artur Mas ha comentado algo así como que parece que a bastantes instituciones del Gobierno de la nación les molesta que se utilice al catalán. Alguien podría encontrar en las manifestaciones de Mas un poco de victimismo, a estas alturas de la película quien se queje de la utilización oficial del catalán está en babia, otra cosa es que haya quejas por la, para algunos, marginación del castellano. Ahora bien, mirar para otra parte cuando hay previsibles triunfos de la selección española, no poner pantallas en una ciudad tan futbolera como Barcelona, lleva a muchos habitantes no ya de Madrid, sino de Murcia, Córdoba, Vigo, Mallorca, Salamanca o Valencia a pensar que hay algunos ediles en Barcelona a los que les da dentera ver una profusión de banderas españolas por las elegantes calles de la ciudad Condal.

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