El ministro y la imagen

En los últimos días han aparecido sondeos sobre el nuevo Gobierno. El Ejecutivo de Rajoy es bien recibido, sus rápidas medidas son bien apreciadas en general y la distancia con el PSOE no ha disminuido, quizás ha aumentado.

En los ministros empieza a haber categorías. La vicepresidenta y Gallardón salen muy bien parados, el titular de Exteriores está a mitad de la tabla y el de Educación y Cultura anda por la cola. De momento.

García-Margallo, el de Exteriores, habrá seguido en detalle las encuestas. En Exteriores circula ya la especie de que al ministro le encantan los titulares. No por la forma en que saludó a un eurodiputado británico mencionándole Gibraltar, era obvio que se trataba de una broma sin más, sino por otras manifestaciones en su debut. No vaciló en afirmar algo así como que la señora Merkel se equivoca con frecuencia en el último cuarto de hora, algo audaz pero que no parecía improvisado el día antes de que Rajoy se entrevistara con la alemana, y lanzó veladamente la idea de que Vargas Llosa sería el nuevo presidente del Cervantes. Los que conocemos un poco al genial peruano teníamos nuestras dudas sobre la aceptación del escritor, el ministro, que probablemente no había recibido una negativa tajante del autor, se lanzó ansioso a anunciar en clave el bombazo sin esperar a que Vargas Llosa diera el sí claro y definitivo. Su ansia por crear la noticia le traicionó.

Otros datos apuntan a que el ministro se preocupa bastante por la imagen del Ministerio y por la suya propia. Se predica ahora la transparencia informativa en diversos departamentos pero todo tiene un límite. Que salten a la prensa los nombres de una veintena de personas para las que se ha pedido el plácet como Embajadores en otros tantos países es muy bonito informativamente pero poco correcto hacia esas naciones. Los gobiernos gustan de recibir la petición de plácet, estudiarla y luego, sin normalmente poner trabas o rechazarla, dan su aquiescencia al nombramiento de la persona propuesta. Que el ramillete de nombres aparezca en la prensa de forma que parece ha sido filtrada no es elegante. Las filtraciones siempre han ocurrido pero en esta ocasión ha sido masiva. Parece dictada desde el Ministerio o desde Moncloa. Too much.

Está por ver, por último, el resultado que dará que, por primera vez en la historia del Ministerio, haya dos direcciones encargadas de los medios de información, de las relaciones informativas. Una la antigua OID (Oficina de Información Diplomática), que recupera su nombre después de que en su adanismo los zapateristas se lo cambiaran, y otra llamada algo así como Diplomacia Pública que evidentemente ha sido inventada para cuidar la imagen del ministro. Soy testigo privilegiado, he dirigido tres veces la OID con tres gobiernos diferentes, que numerosos ministros han tenido la tentación de crear esa nueva dirección para, por muchos eufemismos que se apliquen, cuidar de su imagen personal. Se les disuadió y no se arrepintieron. La innovación actual implica, de un lado, una desconfianza a los profesionales que regentan la OID, parece como si ellos no fueran capaces de explicar convincentemente lo que hace el ministro y el departamento; de otro, crea una disfuncionalidad. Un periodista avezado no sabrá, cuando quiera obtener una información, un dato fidedigno, una primicia… a quién dirigirse, si a una dirección u otra. Y, a no ser que una devenga una estructura decorativa, me temo que lo sea, habrá confusión en los mensajes, lo que no será bueno.

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