Merkozy y Cameron

No se sabe si la Cumbre de Bruselas, destinada a salvar al euro y a la Unión Europea, va a calmar a los mercados pero está claro que ha causado profundas heridas. El presidente Van Rompuy ha acabado muy molesto con la señora Merkel y Cameron, se ha marchado disminuido en el aprecio de los que mandan, de Merkel y Sarkozy, Merkozy, como dicen algunos, o Merkely como empieza a circular dado que el peso de Alemania en las decisiones de estos días es infinitamente mayor que el de Francia.

Al presidente francés parece no importarle la espantada inglesa, quiere un núcleo pequeño de países que controlen Europa y ve a Inglaterra como un lastre. Por otra parte considera a Gran Bretaña como un caballo de Troya de Estados Unidos y eso no es de su agrado. La señora Merkel es menos melindrosa en estos dos aspectos.

En todo caso, el veto de Gran Bretaña traerá cola. No es ya que cree una Europa a dos velocidades sino que plantea un problema jurídico serio. Los diecisiete países del euro y probablemente los otros nueve, es decir todos menos Londres, deberán recurrir a un acuerdo intergubernamental para formalizar los potencialmente trascendentales acuerdos adoptados en Bruselas, es decir poner las paredes de un edificio que hasta ahora no existía, el de una unión fiscal, comprometerse a no pasar del 3% en el déficit etc… Puede que algún jurista argumente que no es obvio que ese acuerdo encaje bien en los Tratados de la Unión.

Lo que sí es diáfano es que la brecha entre Gran Bretaña y Europa crece. Los británicos siempre han estado dentro de la Unión, desde que de Gaulle levantó el veto, con un pie legal fuera y el alma dividida. Hace años muchos de ellos no se sentían europeos mas calculaban que la pertenencia a la Unión les traía más ventajas que inconvenientes. Una encuesta de hace unos diez años mostraba que, aún sin entusiasmo, el 68% estimaba que debían quedarse dentro de Europa. Ese porcentaje se ha encogido enormemente y la postura de Cameron, criticada por los laboristas y por la prensa de izquierdas de su país, ha encontrado una acogida muy favorable en la población. Nada menos que el 62% juzga que su decisión de vetar el nuevo Tratado, aún a riesgo de quedarse solo, ha sido la correcta. Incluso los británicos europeos se percatan de que si se suman los que quieren renegociar su acuerdo con la Unión Europea y los que quieren simplemente salirse de ella la mayoría sería abrumadora. De ahí el temor de Cameron a celebrar un referéndum sobre la participación en Europa algo que hubiera tenido que hacer si se hubiera unido a la propuesta de Merkely. Hay pesimismo sobre la ambivalencia británica y sus consecuencias. Ya dijo George Orwell que la “insularidad de los ingleses, su negativa a tomar seriamente a los extranjeros, es una locura que pagamos cara de vez en cuando”.

Mientras tanto, y ya en nuestras preocupaciones inmediatas, de aquí a abril, Italia tiene un servicio de la deuda de 120.000 millones de euros y nosotros de 68.000. Algo tan preocupante como la ruptura británica.