Hipocresías sobre la muerte de Gadafi

Hasta el francés Henri Levi, simpatizante y gran introductor de los rebeldes libios en Francia y Occidente, se muestra asqueado. Con razón, las imágenes de Gadafi ensangrentado y humillado, momentos antes de ser liquidado no son un espectáculo edificante. Es cierto que el sabía a lo que se exponía, que ha sido un criminal y su prolongación gratuita y letal durante semanas del conflicto después haber perdido todas las ciudades importantes muestra su desequilibrio. Más de un padre o madre libios que hayan perdido a su hijo en estos días habrá visto en este empecinamiento una justificación a cualquier exceso contra el dictador. Sin embargo, nos repugna que se mate a un ser humano como si fuera una alimaña.

Con todo, la hipocresía que envolvía el razonamiento de los que iniciaron la guerra encuentra otra equivalente en los que ahora se rasgan las vestiduras por el desenlace y los desmanes de última hora. Los predicadores de la bondad de la intervención tenían una base moral sólida diciendo que estaban protegiendo a la población, a los rebeldes, de las increíbles represalias que seguirían si Gadafi triunfaba. Hasta ahí, bien. Pero ocultaban que el fin último de los bombardeos era derrocar sin paliativos al régimen de Gadafi. ¿Era previsible que el dictador continuara en el poder una vez comenzada la guerra? Evidentemente, no. No podías desplegar unos recursos considerables, gastar sumas no despreciables, 1,000 millones de dólares en el caso de Estados Unidos y consideran que fue muy barato, causar bajas inevitables y luego dejar al déspota en su puesto. El objetivo no declarado pero obvio era acabar con Gadafi. (No entro en la hipocresía verbal de Zapatero y Chacón en dar a entender que España no estaba en una guerra. Infantil y lamentable)

Ahora, viene el pasmo de los que se asombran y se rasgan las vestiduras por el desenlace y los excesos. Los ha habido, en cualquier guerra los hay, también o más en las civiles. Sin embargo, la Otan ha tenido una actuación bastante escrupulosa. No ha tenido ninguna baja y se ha preocupado de que los daños en la población fueran mínimos. Con frecuencia, los aviones volvían a la base si descubrían que los hombres de Gadafi se habían incrustado en zonas pobladas de civiles para provocar las bombas aliadas y tener un arma publicitaria. Los insurgentes han cometido con toda certeza desmanes. Surgen rumores, por ejemplo, de que en hotel de Sirte hay 53 cadáveres de gente leal a Gadafi que podría haber sido ejecutada sumariamente. Muy lamentable, de nuevo. Pero si los ejemplos no abundan hay que concluir que en un conflicto de este tipo una dosis de barbarie es inevitable. Los rebeldes eran gente sin formación militar, habían sido achicharrados en un primer momento por la superioridad militar del gobierno, muchos tienen un pariente que había sido torturado o ejecutado por los gadafistas y los que dieron el asalto final a Sirte rabiaban por la prolongación suicida del conflicto por el dictador.

Sobre el tema de fondo de la intervención: Occidente había coqueteado recientemente con el dictador (Rusia, y China y todo el mundo). Ve repentinamente que el pueblo libio, a semejanza del tunecino y egipcio, se levanta contra él. Nos pide ayuda porque iba a ser aplastado. ¿Podía Occidente cruzarse de brazos por haber comerciado con fruición con Gadafi o por haberlo recibido? El dilema existía pero la opción tomada fue, hoy por hoy, la menos mala.

3 comentarios
  1. Jesús G. Mingorance says:

    Melchor, te apuesto una comida a que no van a nombrar ni a Esperanza ni a Gonzalez. Esto desencadenará, si sucede, una gestora en Madrid con un mirlo blanco que la presida. Quién puede ser?

    • Gozaimasu says:

      Alguien de Prisa seguro... Como Mariano y Soraya.
      Uno que se plegue al nacionalismo catalán.

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