Cae otro dictador

Aunque las agencias hablan de situación confusa, el régimen de Guedaffi se ha hundido. No es cuestión de si el dictador va a desaparecer sino de cuándo, y parece que será cuestión de no muchas horas.

Va a ser el primer cambio de régimen auténtico en el norte de África. En el caso de Túnez y Libia los autócratas Ben Ali y Mubarak se apoyaban claramente en el ejército. Una vez que el estamento castrense decidió retirarles su sostén, sus horas estraban contadas. En Libia, Guedaffi no dependía de esa forma de los militares a los que se preocupó de dividir y de no darles relevancia. No había una cúpula militar con presencia y autoridad. Eso puede producir ahora algún vacío de poder. En las dos otras naciones mencionadas las autoridades con galones han pilotado mal que bien la transición.

Guedaffi tiene un negro panorama ante sí. El fiscal de la Corte Penal Internacional repetía ayer que el dictador, su hijo Said al islam y su cuñado jefe de los servicios secretos deben responder ante el Tribunal. Serán acusados de crímenes contra la humanidad. El dictador libia enfrentará un rico pliego de cargos. Ha disparado contra la muchedumbre, ha proferido brutales amenazas en público, “os buscaremos en vuestras casas, os sacaremos de los armarios y os mataremos como ratas”, y, última prueba de su conducta estrafalariamente vesánica, está permitiendo la prolongación de los combates cuando la suerte está echada. Si ya era detestado por una parte importante de la población, los familiares de los que mueran en estas últimas jornadas de los dos bandos no le perdonarán fácilmente su bravuconería.

El derrocado podría aparecer repentinamente en un país que se haya prestado a acogerlo: Sudafrica, Venezuela, etc. Incluso allí su presencia será incómoda. Si el país es firmante del Estatuto de la Corte Penal Internacional -unos 115 países, entre ellos Sudáfrica, lo han firmado hasta ahora- su gobierno estará obligado a enviarlo a La Haya. Aunque se refugiara en uno no signatario su situación sería delicada, porque el Consejo de Seguridad de la ONU se pronunció sobre su encausamiento y los miembros de la ONU están obligados a acatar las decisiones del Consejo (aunque no siempre lo hagan).

Presumiblemente los libios lo reclamarían. Un proceso en Trípoli podría crear una cierta inestabilidad en Libia con no descartables atentados perpetrados por los leales al caído o de miembros de su tribu, pero podría tener un resultado más nefasto para el juzgado. En Libia le podrían aplicar la pena de muerte, sentencia harto probable, mientras que la Corte Internacional no podría ir más allá de la cadena perpetua.

Mientras tanto, hay alegría en Libia y en diversas capitales del mundo. Sorprendentemente Irán se ha congratulado con el triunfo de la revolución y en Londres y París, los líderes de la OTAN que han invertido más en la caída de Guedaffi, hay amplia satisfacción. Sarkozy debe estar exultante. Se había involucrado muy personalmente en el acoso y derribo del libio, fue el primero en reconocer al Consejo Nacional de Transición de Bengasi, el que probablemente, junto a Estados Unidos, ha gastado más en la operación militar -se habla de 200 millones de euros de parte gala-, y el que, hace ya años, después de recibir con pompa al libio se había desencantado más rápidamente con él. “Está competamente chiflado” parece que comentó a sus colaboradores después de que Guedaffi dijera que las mujeres francesas debían liberarse.

España ha jugado el papel correcto, apagado y secundario con el que arrancó.

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