Castro y la libertad de prensa 50 años después

Me ha salido un titular equívoco. No pretendía aludir a la evolución de la libertad de prensa en Cuba a lo largo del último medio siglo. La situación ha cambiado poco aunque Castro haya dejado formalmente el poder. Los medios de información siguen férreamente controlados por el régimen, se publica lo que el poder quiere y Fidel aún inserta sermones intermitentes, e imposibles de rebatir, en la prensa.

Me estoy refiriendo al interesante debate suscitado en los medios de Estados Unidos hace justamante 50 años cuando la CIA cocinaba la que resultaría fallida invasión de Cuba en la Bahía de Cochinos.

Kennedy, que tomó posesión en enero de 1961, había heredado los planes de la operación y no se percató -¿lo engañó la CIA?- de que estaba chapuceramente diseñada. Avanzada la primavera, la aventura era un secreto mal guardado en Guatemala, el periódico local “La Hora” informó de la existencia de una base de la CIA en el país y en Florida. Medios de información serios estadounidenses comenzaron a recopilar datos sobre la historia. Pronto tuvieron sentimientos encontrados.

Uno que los experimentó fue el conocido semanario New Republic. Su director G. Harrison consultó con Schlesinger, asesor de Kennedy, si el artículo debería publicarse. El presidente manifestó que esperaba que la información no viera la luz. Harrison no la imprimió para no causar problemas a la política de su país. Eran otros tiempos.

Menos vena “patriótica” tuvo el New York Times. Sus directivos se debatieron entre respetar el interés national y el de sus lectores, es decir el deber de informar a estos de un acontecimiento relevante. Con presiones de la Casa Blanca, el editor Orville Dryfoos aceptó un compromiso en el que daba preponderania al deber de informar. Al hablar de la preparación de una invasión a Cuba desde Guatemala y Florida quitaron la palabra “inminente” y no nombraron específicamente a la CIA, aunque resultaba obvia su paternidad al hablar de entrenamiento a cargo de “expertos norteamericanos”. Redujeron el tamaño del titular “Unidades anticastristas entrenadas en Florida para luchar”, pero retuvieron que el artículo apareciese en primera.

El artículo firmado por Tad Szulc resultó una bomba, a pesar de haber sido peinado y de haber creado profundas divisiones en el seno de la redacción del New York Times. Cuando el diario llegó a la Casa Blanca, el presidente, rabioso, lívido según algunos, exclamó: “¡No puedo creer lo que estoy leyendo!, Castro no necesita tener agentes en el extranjero, lo único que tiene que hacer es leer nuestros periódicos. Ahí está todo”.

Pocos días más tarde, un lunes de abril, comenzaba el ataque. Hacia el domingo los integrantes de la operación habían sido capturados o habían perecido. El famoso periodista James Reston, uno de los que tenía escrúpulos sobre publicar la noticia, escribiría más tarde: “una cosa era explicar que se estaban formando voluntarios anti Castro… otra dar cuenta de la agenda y el momento de la invasión”. El New York Times salió reforzado.

Más tarde, el propio Kennedy dijo a los jefes del periódico que sentía que no hubieran ahondado más en lo de Cuba. Si lo hubieran hecho “nos habrían ahorrado un error colosal“.

La disyuntiva entre informar sin ambages y alterar la política de tu propio país continúa presente, a veces, en las redacciones.