Un antes y un después: El País, Murdoch y Strauss-Khan

Para los que vivimos dentro de la M-30 madrileña ayer cayó una bomba política con el editorial del periódico el País flanqueado por un artículo de Juan Luis Cebrián, su ejecutivo más conocido. La moraleja de ambos era la misma, Zapatero debe marcharse ya, su credibilidad está bajo mínimos, el país quiere un cambio etc… Esto de la credibilidad lo sabíamos muchos, lo curioso es que ese diario, aunque no sea la primera vez que muestra su desencanto con el presidente, haya tardado tanto en manifestarlo de forma tan clara. Lo significativo es que el órgano del que bebe la progresía de nuestro país, un medio que viene sistemáticamente siendo mucho más inclemente con el Partido Popular, haya cortado las amarras de forma definitiva con Zapatero. No faltará quien vea en ello la mano de Rubalcaba. En todo caso, y aunque en el resto de España el hecho resulte menos relevante, dentro de la M-30 hay un antes y un después del ataque de Prisa al inquilino de la Moncloa.

La escena se traslada a Londres. El affaire Murdoch con los ingredientes de dinero, poder y espionaje (sólo falta aparentemente el sexo aunque aparecerá) es noticia en medio mundo. Ha cruzado el charco y en Estados Unidos es primera ruidosa en el New York Times. No en vano su competidor el Wall Street Journal es rival neoyorquino del Times. Hay muchas cosas que se cuestionan, el maridaje entre los políticos y la prensa, el paralelismo entre este caso y el estallido financiero de hace dos años por la inopia de los órganos de control competentes en las dos ocasiones y el panorama para el primer ministro Cameron. Antes del escándalo de las escuchas el líder laborista Miliband no le hacía la menor sombra, era un peso ligero. Ahora Miliband crece a costa de Cameron que se ha visto obligado a abreviar un viaje oficial a Sudáfrica. Los enemigos de Murdoch y la prensa y televisión rivales (en Estados Unidos su cadena Fox ha dejado atrás a varias competidoras) no van a soltar fácilmente la presa que es jugosa que es jugos política y éticamente.

Para que no falte el sexo en estas películas llegan los últimos coletazos del tema Strauss-Khan. Uno no sabe ya a quien creer, cuando se debilita la argumentación de la camarera de Nueva York surge con cierta solidez la acusación de la joven novelista francesa, amiga de la familia de Strauss K, que jura y perjura, según sus amigos de forma convincente, que hace años el político intentó violarla. Su madre, que en aquella época le pidió por solidaridad socialista que no denunciara el caso ante los tribunales, ahora le ha instado a que lo haga y en su propia declaración ante la autoridad dice que ella misma hizo el amor también una vez con el político, en las sacrosantas oficinas de la OCDE, y que el rijoso Strauss tuvo un comportamiento “cuartelero”. Nuestro casto talante no sabe lo que exactamente quiere decir eso pero, una vez más, la saga Strauss-Khan trae también un antes y un después a la forma como la sociedad francesa contempla y juzga las alegrías sexuales de la clase política varonil del país vecino.

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