Obama no gana para problemas

Mientras la economía sigue asustando a uno y otro lado del Atlántico, el gobierno de Obama ve que también aumentan los problemas en el frente exterior. Nada que envidiar a la época de su predecesor Bush.

Para comenzar, la cuestión de Libia, preocupación esencial de los europeos desde que Estados Unidos decidió jugar un papel secundario, sigue empantanada. Los rebeldes, pasados ya los 100 días en un conflicto que Hillary Clinton dijo duraría pocas semanas, avanzan pero muy poquito. Francia y Gran Bretaña, y los que estamos con ellos, no han hecho una faena rápida como nos prometíamos y la prolongación de la guerra ha creado alguna tensión entre Washington y los europeos. El Secretario de Defensa Gates se ha despedido con descarnadas críticas hacia estos y Sarkozy ha tenido palabras destempladas hacia el yanqui. Hay acusaciones implícitas o explicitas de egoísmo de una y otra parte.

Luego tenemos Siria. El viaje de los Embajadores de Francia y Estados Unidos a la ciudad moralmente sublevada contra el presidente Assad ha provocado que turbas sirias, adictas al régimen, o manipuladas por éste, intenten asaltar las Embajadas de estos dos países occidentales. La señora Clinton, que en un primer momento suspiraba porque no se la abriera otro frente en Siria, da a entender que Assad tiene los días contados. Lo que es dudoso. El dictador sirio pertenece a la minoría alauita, que debe representar el 12% del país, pero no es seguro que la burguesía siria de otras confesiones, sunita etc…, que ha prosperado con Assad, esté ya decidida a dejarlo caer y alimentar alguna revuelta. Hay quien dice que Assad no llega a las navidades. Su salida será higiénica desde un punto de vista democrático, está por ver si trae la estabilidad a la zona.

Para concluir este examen resumido vemos un rifirrafe muy serio, el de Pakistán. Las relaciones de Estados Unidos con esa nación están preñadas de profundos desencuentros. La desconfianza actual es mutua. En Washington y, sobre todo, en la prensa de Estados Unidos se cree que Islamabad sólo presta una colaboración esporádica en la lucha contra el fundamentalismo islámico y los talibanes de la vecina Afganistán. Que practica un doble juego. En Islamabad por el contrario hay la convicción oficial y más aún en la opinión pública de que el coloso estadounidense no reconoce los sacrificios que implica la colaboración con Estados Unidos en términos humanos, unos 30,000 muertos en atentados, y de imagen ante la masa islámica. Para muchos comentaristas americanos es inconcebible que Bin Laden pudiera vivir varios años a escasos kilómetros de la Academia militar paquistaní sin que nadie se percatara de ello. Los paquistaníes se indignan con la sospecha y resienten profundamente que el Pentágono violara su soberanía en la operación de liquidación de Bin Laden. Esta semana hay un nuevo giro nocivo, Washington ha congelado 800 millones de su ayuda militar a Pakistán e Islamabad amenaza con abandonar la vigilancia en la vital frontera con Afganistán. Si esa divisoria se convierte en un coladero en las fechas en que Estados Unidos empieza a retirarse militarmente de Afganistán las posibilidades de que ese país vuelva al caos y al dominio talibán se multiplican muy considerablemente. Buena parte de lo hecho en diez años sería estéril.

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