La bragueta en Estados Unidos y en Francia

Que el Director del Fondo Monetario está en un gran lío ya ha sido comentado en esta publicación. Los informes policiales y diplomáticos que cuentan que la policía le ha encontrado arañazos en el torso y, se dice, esperma en el suelo de su suite no hacen más que complicar las cosas. A no ser, algo harto improbable, que lograra probar que todo es un montaje de sus enemigos puede concluirse que está acabado políticamente. Es curioso que hace un par de semanas en una entrevista a un periódico francés Dominique Strauss- Khan dijera que lo que único que podría frenar su carrera política era la “historia de una violación en un aparcamiento contada por una mujer a la que se hubiera pagado medio millón de dólares”.

Los hechos siguen aflorando y nos detendremos un momento en la diferente actitud del público y los medios de información de Estados Unidos y de Francia. En el imperio americano, donde el incidente es cubierto con amplio espacio, hay sorpresa y ninguna irritación. Se considera que la policía ha actuado con normalidad. Se produce una denuncia seria, con aparente fundamento, y los agentes paran un avión, detienen a la persona, por importante que sea, le llevan ESPOSADO a la prisión y lo hacen comparecer ante el juez. Este, una jueza, niega la libertad bajo fianza de un millón de dólares porque, como dice un jurista, Strauss Khan tenía todos los incentivos para fugarse a Francia y ninguno para quedarse. En Estados Unidos, además, hay poca simpatía hacia las alegrías sexuales de los políticos.

En Francia, las infidelidades conyugales de los políticos son consideradas normales desde hace siglos. Hay una creencia generalizada de que eso no afecta en lo más mínimo el desempeño de su función, cuando Clinton tuvo sus problemas con la Lewinsky algún político galo de derechas llegó a decir que eso probaba que tenía el vigor para dirigir el país. Tampoco hubo ningún remolino cuando se descubrió que Mitterrand tenía una segunda familia clandestina. No faltan ya, sin embargo, comentaristas en el país vecino que apunten que “todo lo privado no es privado”.

Los medios de información sajones comentan hoy profusamente que es hora de que los periodistas franceses se despierten, que, de un lado, no tengan tanto miedo de que los lleven a los tribunales y, de otro, que no deben ser tan complacientes y discretos con figuras de un pasado sexual vidrioso (“sátiro sexual” llama el Daily Mail a Monsieur Dominique).

Por su parte, un sector de la clase política francesa, los cercanos ideológicamente al acusado, se rasgan las vestiduras ante el comportamiento de la justicia y las autoridades estadounidenses. Elisabeth Guigou, antigua ministra de justicia socialista, dice que ver a Dominique S-K esposado era un espectáculo “de brutalidad, violencia y crueldad inauditos” y el también conocido J.P. Chevenement habla de “linchamiento planetario”.

Habiendo residido en Estados Unidos bastantes años doy fe de la rigidez de la justicia americana cuando se produce una detención. Lo de esposar a la persona que presumiblemente no va a escapar y que no ha sido aún formalmente acusada de nada no es algo muy edificante. Pero la izquierda francesa es aquí un tanto ombliguista, recuerda al caso del director Polanski. Se sabe cómo actúa la policía estadounidense y nos resbala cuando detiene de la forma indicada a un fontanero italiano, un empleado de banca español o a un carpintero mejicano. Ahora bien si le ocurre a un cineasta conocido o a un miembro de la elite socialista francesa todo resulta escandaloso y medieval.

Parece obvio que el tema va a significar un huracán en mucho sentidos en Francia. Y no digamos en el Fondo Monetario Internacional.