Obama, Bush y Bin Laden

Hay musulmanes que dicen que Bin Laden murió físicamente en una tranquila ciudad pakistaní a manos de unos eficaces comandos estadounidenses pero que buena parte de su filosofía había perecido en el pueblo de Túnez en el que se inició la “Revolución del jazmín” que luego se ha propagado a Egipto, Libia etc… Es cierto que en los movimientos populares de esos países la ausencia de las ideas extremistas de Bin Laden es patente. La gente, independientemente de donde desemboque esto, enarbolan slogans de libertad, de democracia, de participación, en Túnez las mujeres juegan un papel importante etc…Todo muy lejos de lo que significaba y pretendía el guerrillero abatido por la patrulla estadounidense.

Mientras tanto en Estados Unidos hay pocos remilgos sobre la forma en que se eliminó a Bin Laden. Más de 80% de los consultados están contentos con que se acabara con él por la vía rápida, muchos porque piensan que se lo merecía y otros por temor de que, ante cualquier dilación de los comandos, él o alguno de sus colaboradores pudiera hacer saltar la casa por los aires con algún dispositivo pensado para la ocasión. Con lo que podrían haber muerto soldados americanos y se habría destruido el precioso material que encontraron allí.

Dado el éxito, la operación tiene ya una utilización política en Estados Unidos. Los partidarios de Bush, multitud de sus colaboradores han sido entrevistados estos días mientras el antiguo Presidente ha permanecido en un segundo plano, se han esforzado en reivindicar su figura. Bush fue el primero que dijo que había que capturar a Bin Laden “vivo o muerto”, las “técnicas” interrogatorias que él autorizó son las que produjeron la pista que llevó a Bin Laden etc…

Los obamistas replican que esta Administración nunca hubiera autorizado la tortura, que Obama no se precipitó en estos años, que llegada la oportunidad tuvo la frialdad de decidir que era el momento adecuado, que ha reaccionado sin triunfalismos y con elegancia etc…

Las diferencias de forma son evidentes así como una de fondo, la de la tortura. Hay, con todo, otros aspectos en que las órdenes de Obama, proferidas con gusto o a regañadientes, comienzan a asemejarse a las de Bush; no cerró la base de Guantánamo aunque lo había prometido, comisiones militares, no tribunales civiles, van a juzgar allí a connotados terroristas, las misiones de los aviones sin tripulación con disparos sobre blancos concretos tratando de cazar a un terrorista no han disminuido, Obama ha admitido con franqueza que ya al inicio de su mandato dijo a la CIA que su máxima prioridad era traer a Bin Laden “vivo o muerto”, se viola la integridad territorial del archiambiguo Pakistán, no se va al Congreso a obtener la autorización para el conflicto con Libia(cosa que Bush sí hizo con Irak)…, la lista es larga.

Actuaciones comprensibles y eficaces en la lucha contra el terror pero, reconozcámoslo, todo este rosario de cosas en la época de Bush habrían obtenido críticas, abundantes editoriales, más de un vituperio y alguna manifestación. Lo normal para un republicano. Un presidente demócrata, sin embargo, escapa ileso.