Obama hace equilibrios en Libia

Criticado fuertemente en su país por no haber explicado en la televisión las motivaciones de la entrada de Estados Unidos en la coalición montada contra Gadafi, el presidente Obama hizo ayer un buen discurso en una Universidad estadounidense en la que se explayó sobre el tema.

Como era de esperar, Obama ha enfatizado que se trata de una resolución amparada por la ONU y que se intenta parar una crisis humanitaria de una “horrible magnitud”. Ha reconocido que expandir los objetivos de la intervención, es decir presionar para una resolución de la ONU más explícita y con menos cortapisas, habría fracturado a la coalición y, en ese caso, si se seguía con la guerra, sería Estados Unidos quien acabaría pagando la mayor parte de la factura.

Esta para Estados Unidos empieza a ser ya considerable. El país lleva gastados en la guerra más de 450 millones de dólares en momentos en que la economía del país no es precisamente boyante y el déficit fiscal apabulla. Por ello, son bastantes los que opinan que Estados Unidos tenía que haber dejado a los europeos que realizaran la operación. Otros dicen, por ejemplo el senador McCain que ha aplaudido el discurso pero se pregunta si el presidente está decidido a completar la faena, que la intervención no tiene unos objetivos claros.

A los primeros se les podría replicar que no habría habido coalición si Estados Unidos no se hubiera unido a las medidas e incluso si no la hubiera coordinado en los primeros días. A los segundos se les puede contestar que Obama, como los demás participantes en el conflicto, no puede declarar que la finalidad del mismo es derribar a Gadafi. Lo es ciertamente, pero admitirlo habría hecho abortar la resolución de la ONU.

La doctrina Obama sobre la intervención armada es que Estados Unidos ha de hacerla cuando se amenaza su seguridad. Cuando se trata de un tema humanitario o están afectados sólo los intereses económicos yanquis la actuación de Washington debe estar condicionada a que sea llevada a cabo con otros y a que tenga un alcance limitado en el tiempo y en los medios. No tener esto en cuenta como ocurrió en Irak, ha costado a Estados Unidos “un billón de dólares y miles de muertos estadounidenses e iraquíes”. Las cifras de Obama son ciertas pero sus enemigos empiezan a preguntarse: ¿qué ocurre si, a pesar de tener diversos aliados, Gadafi no tira la toalla y el conflicto se prolonga?, ¿detendrá Estados Unidos su intervención porque se ha agotado el tiempo o porque se han gastado unos determinados recursos?

Obama ha dicho elegantemente que “algunas naciones pueden cerrar los ojos a atrocidades en otros países, pero los Estados Unidos, no”. La puya está dirigida a Rusia, China y otras potencias que permanecen indiferentes ante casos flagrantes de violación masiva de derechos humanos, ahora bien, si estas naciones quisieran darse por aludidas podrían citar diversas ocasiones en que Washington no se ha inmutado con violaciones de derechos humanos. Bahréin y la alianza prestada por Arabia Saudita a este país para sofocar a los manifestantes constituirían un buen y reciente ejemplo.

El presidente hace malabarismos argumentales y semánticos por motivos internos y externos. En Estados Unidos la intervención en esta guerra tiene hoy un 47% de aprobación. El más bajo registrado en las contiendas en que participó Estados Unidos en las últimas décadas. Hacia fuera debe ser igualmente cauto. Un protagonismo de Washington excesivo, un belicismo declarado tendría efectos perniciosos en la opinión pública mundial, en la árabe y hasta en el ánimo de la coalición.

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