Libia o la insoportable levedad del Consejo de Seguridad

Los médicos se lo toman con calma y puede que cuando lleguen el enfermo sea cadáver.

Libia se convierte así en un caso de libro de la actuación de la comunidad internacional. Casi todo el mundo ha acabado lavándose las manos. Occidente y los que querían que Gadafi despareciera habían pensado que los sublevados, tres manifestaciones por aquí, la toma de unas ciudades por allá, sobrarían para que el déspota libio se viera obligado a hacer mutis.

No ha sido así, hace una semana ya había dudas de que el guión fuera tan idílico, y las naciones interesadas han mostrado de nuevo que querían borrar del mapa al dictador sin que a ellos les causara ni siquiera un rasguño económico. Ahora, el aplastamiento de la insurrección parece cuestión de días, vendrá el llanto y el crujir de dientes.

Los rebeldes y la Liga Árabe tardaron un poco en pedir con denuedo la implantación de la zona de exclusión aérea pero esto no es coartada para Occidente y el mundo. La Unión europea no se ponía de acuerdo, con un Sarkozy muy belicoso y una Merkel muy pasota, el G-8 mostraba el martes sus reservas en Paris y la ONU sigue dando un espectáculo. Contactos informales, reuniones, borradores que se preparan y que no se presentan por temor de ser rechazados… todo lo que los enemigos de la ONU ponen en el debe de la Organización, su inoperancia, su lentitud, su pasividad ante diversas tragedias… aflora lamentablemente de nuevo para deleite de los que la denostan.

Una vez más, la ONU prueba, y esto conviene remacharlo, que la Organización es un cascarón, que los responsables de sus éxitos o de sus miserias son los gobiernos que la integran que, muy a menudo, actúan movidos por sus intereses nacionales, los de un país amigo o que simplemente no quieren tener el menor desgaste, político, militar o económico. Aunque fueran estén cayendo rayos y centellas sobre una población más o menos indefensa.

Los dramas del pasado son una buena prueba. La Organización tocó el violón en el caso de Ruanda, no actuó en Kosovo, la intervención en los Balcanes hubo que hacerla al margen de la misma, estuvo maniatada en el caso de Irak (ni condenó ni aprobó) y ahora, con la Liga Árabe pidiendo la intervención aún parcial en uno de sus miembros, Libia, las divisiones en el seno del Consejo la paralizan. La razón es sencilla. No es que una resolución del Consejo necesita 9 votos de los 15 miembros que la componen. Esto es cierto pero es simplemente que hay cinco de ellos, Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia, que tienen el veto. Si uno, sólo uno, se opone, la maquinaria de la ONU se atasca

No cabe mayor dislate político en el siglo XXI. Ver, como en el caso de Kosovo, que la inmensa mayoría de los países del mundo pedían la intervención para evitar un genocidio, que 14 miembros del Consejo la deseaban y que hubo que actuar al margen de la ONU porque uno, solo uno, Rusia se oponía da escalofríos. Para un purista esto convertía a la intervención en ilegal. Vesánico. Un privilegio, el del veto, concedido a cuatro potencias hace ya 65 años transforma una deseada intervención internacional en algo no se sabe si alegal o ilegal. Y en ésas estamos con Libia.

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