Libia y ¿ahora qué?

En contra de las previsiones de algún enviado especial, – parece que los que viven de cerca una revolución se enamoran perdidamente de ella-, Gadafi no ha caído todavía aunque el cerco se estreche. Sus opositores ganan algo más de terreno y la ONU, después de las divisiones normales en esa organización, ha aprobado medidas alguna de ellas sería como la de pedir al Tribunal Internacional de Justicia que tome cartas en el asunto.

Requerir al Tribunal es algo necesario si se quiere encausar al dictador libio. Su país no firmó el Estatuto que creó en el 2002 a ese Tribunal y la única forma de pedir a su fiscal que estudiara si había motivos para enjuiciar a Gadafi era que el Consejo de Seguridad solicitase formalmente que se abra una investigación sobre la posible comisión de crímenes contra la humanidad. Eso no quiere decir que el libio será empapelado. Hay que atrapar a Gadafi, el Tribunal es lento y si se pacta que se exile a cualquier país para que no corra más sangre, o si se escapa y busca refugio en el Zimbabue de turno, quedará impune porque los dirigentes de esos países no le entregarían.

Mientras tanto, Gadafi sigue profiriendo incoherencias. Hace una semana la instigadora de los sucesos de Libia era la CIA, ahora se ha debido de dar cuenta de que eso no cuela y coloca la autoría en Al Queda, intenta tardíamente asustar a Occidente dando a entender que el país puede acabar siendo controlado por facciones afines a ese grupo fundamentalista y terrorista. Otras afirmaciones delirantes del visionario libio son que su pueblo lo ama y está dispuesto a dar su vida por él (se entiende difícilmente, entonces, porque sigue buscando mercenarios extranjeros para que masacren a ese pueblo) y aquella otra de que el creía que Occidente era su amigo, que no entiende como le puede hacer esto. Lo que no ha comprende es que Occidente que lo consideraba un paria por su directa intervención en sonados atentados terroristas en Europa decidió hacer pelillos a la mar cuando el dirigente libio, al ver las orejas al lobo después de la intervención de Bush en Irak, hizo un mea culpa público y con medios contantes y sonantes. Aceptó pagar 10 millones de dólares a cada familia de los asesinados en el atentado contra el avión en Lockerbie, renunció fehacientemente a su programa de armas de destrucción masiva y empezó a dar información sobre redes terroristas islámicas. Era el precio de su redención, Gadafi volvía a ser, si no encomiable, una persona con la que se podían hacer negocios y restablecer relaciones.

Lo que no quiere decir que Occidente vaya a lamentar su desaparición de la escena. La revolución Libia parece espontánea y que se esfume un nuevo dictador no causa ningún enojo. Al lado de la satisfacción hay aprensión: una Libia post Gadafi desestabilizada sería un autentico quebradero de cabeza para el mundo y para los que estamos al otro lado del mediterráneo.

El cerco occidental aprieta una nueva tuerca. Navíos americanos y británicos toman posiciones ante las costas libias mientras Hillary Clinton anuncia que todas las opciones están sobre la mesa. ¿Quiere esto decir que habrá una intervención militar? Es harto dudoso. Sería complicada y costosa, muy costosa desde todos los puntos de vista. Declarar Libia zona en la que no se puede volar (exclusión aérea), para evitar los desmanes de la aviación de Gadafi, también parece peliagudo y oneroso. Parece que todo ello sería una maniobra de intimidación para que Gadafi tire la toalla.

Que el dictador, dentro de su mente ilusa, lo entienda sería bueno para todos aunque fuera a costa de un exilio pactado. Los otros caminos traerán sangre.

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