Espionaje clásico y golpe histórico en el internet

La semana pasada trascendió que alguien había robado elementos esenciales del nuevo modelo de coche eléctrico de la Renault. Todo apunta a China que tiene unos servicios muy preparados para sustraer técnica industrial a los países desarrollados. Se cree, por ejemplo, que los enormes progresos logrados por China con su tren bala se deben a haber copiado ilícitamente y sustraído elementos de empresas de Occidente. El espionaje económico lleva ya años floreciendo en muchos países, en el terreno militar es conocido que Rusia llegó a la bomba atómica cuatro o cinco años antes de lo que creían las agencias de inteligencia de Estados Unidos gracias a robos de dossiers de científicos americanos.

La prensa sajona da estos días la confirmación de otro golpe glorioso. Tal como se intuía, el virus introducido en el programa nuclear iraní con el propósito de sabotearlo fue desarrollado por científicos israelíes, probablemente con ayuda de colegas estadounidenses, en la planta de Dimona del sur de Israel. El virus, llamado Stuxnet, no sólo neutralizó, infectándolo, el sistema de computadores de la central iraní de Natanz sino que hizo creer durante un cierto tiempo a sus responsables que el sistema seguía funcionando con normalidad. Los israelíes habrían utilizado para crear el virus un entramado de computadores Siemens similar al que funciona en la planta iraní. Se ignora como consiguieron introducir el virus en las instalaciones de Irán.

Se cree que la colaboración americana fue parte del precio que pagó Washington para evitar que Israel lanzara un ataque armado contra la fábrica iraní, como hizo hace años con Irak, con lo que, por haber sido, una acción abierta y letal habría provocado posibles represalias y causado, al tener que utilizar bombas potentes, muertes en la zona bombardeada. En todo caso, hay una creencia generalizada de que el programa nuclear iraní ha sufrido un retraso de unos cuatro o cinco años. No es una eternidad pero se gana tiempo para intentar que Irán se siente a la mesa y, a cambio de concesiones, renuncie al mismo. Hasta ahora las sanciones a Teherán, aunque resentidas, han dado escaso resultado.

Que el internet se está galopadamente militarizando es cada vez más obvio. La posibilidad de parar un proyecto nuclear, como en el caso iraní, o de crear el caos en la red eléctrica de un país o en el sistema bancario de otro son realidades inminentes y no fantasías del Hollywood. Muchos países, en consecuencia, empiezan a dedicar importantes recursos a la cuestión. Gran Bretaña, a pesar de la drásticas reducciones presupuestarias de Cameron, va a dedicar más de 1.000 millones de euros del departamento de Defensa para estudiar mecanismo de prevención de estos ataques y, presumiblemente, para poder realizarlos.

La noticia del frenazo a Irán es importante para la Administración de Obama que esta semana ha recibido otra agradable, dentro de las inquietudes que plantea, con la evolución de la revolución tunecina. La opinión pública árabe ha apreciado que Obama hablase con cierta rapidez, antes que los franceses, de la necesidad de que la democracia llegase a Túnez. Por otra parte, un telegrama filtrado de Wikileaks, procedente de la Embajada yanqui, ponía en evidencia la corrupción del régimen tunecino. Aunque la filtración fuera obra de Wikileaks, la difusión del telegrama, según algunos, alimentó y alentó a los que derrocaron a Ben Alí.