Estados Unidos, armas, violencia y luces

La tragedia de Arizona ha mostrado luces y sombras de la sociedad estadounidense. Entre las sombras es inevitable subraya la facilidad con que cualquier ciudadano, en este caso un joven de veinte años un tanto pirado, puede adquirir legalmente un arma. La situación no va a cambiar, el derecho a poseerlas esta acrisolado en la Constitución y la composición actual del Tribunal Supremo no parece indique la menor propensión a recortar ese derecho.

Entra las luces tenemos el comportamiento de las personas que vivieron el drama del atentado. Un señor de más de setenta años que perece en su afán por salvar a su mujer, lo que logró, un juez que esperaba pacientemente para preguntar a la congresistas sobre las necesarias reformas en el sistema judicial, el juez pereció, tres personas, entre ellas una mujer sesentona, que se lanzan sobre el asesino y logran reducirlo, un joven estudiante con conocimientos médicos que actúa con la serenidad suficiente para que la congresista malherida llegue con vida al hospital con posibilidad de crecientes de conservarla vida. Materia, lo más sombrío y lo iluminado, para un guión cinematográfico.

El suceso ha levantado una polémica fenomenal entre ciertos elementos de la clase política y en los medios de información de un país claramente conmocionado. Cuatro presidentes (Lincoln, McKinley, Kennedy…) han sido asesinados, otro, Reagan, escapó de milagro y hay otros magnicidios en la memoria colectiva reciente, Martin Luther King, Bobby Kennedy… El hecho es que cierta izquierda culpa a los políticos de derecha de crear “con retórica vitriólica”, como ha manifestado el sheriff encargado del caso, el ambiente tempestuoso que llevaría a cualquier desequilibrado a hacer una barbaridad. Un sector de la derecha replica que la izquierda está usando cínicamente el incidente para fines políticos. El republicano Gingrich, que acaricia presentarse como presidente dentro de dos años, arguye que es totalmente cínico rehusar ligar, como hace la izquierda, los atentados terroristas recientes con las prédicas fundamentalistas islámicas y, sin embargo, apresurarse a unir la filosofía del Tea Party con la acción del joven de Arizona. Varios comentaristas progres, muy especialmente Paul Krugman en el New York Times, acusan abiertamente a la derecha de lo sucedido, tarde o temprano, concluye, tenía que suceder. Los ojos se vuelven hacia el papel jugado por Sarah Palin, la derrotada aspirante a la vicepresidencia. La señora Palin no parece que tenga la menor posibilidad de ser presidente si su partido la escogiera para enfrentarse a Obama en las próximas elecciones pero despierta bastante más entusiasmo del que imaginamos en Europa, donde es sistemáticamente ridiculizada. Es televisiva y tiene una amplia gama de seguidores entre los republicanos. Sus eslóganes políticos han sido, con frecuencia, belicistas, “no retrocederemos sino que recargaremos”, los escaños a ganar han sido, a veces, publicitados en su campaña como blancos de tiro a los que hay que alcanzar, uno de ellos era el de la congresista herida, y ahora está un tanto en el ojo del huracán. Ha condenado rápidamente el hecho, manifestado que odia la violencia y que nadie debería intentar sacar réditos del incidente pero crecen las voces que piden que no sólo condene el reciente hecho execrable sino que se pronuncie decididamente en contra del calentamiento verbal del debate político. Russ Limbaugh, el santón de la radio con más oyentes en Estados Unidos, es asimismo objeto de ataques por sus frecuentes excesos verbales.

Aunque no hay la menor prueba de que el joven J.L Loughner se hubiera inspirado directamente en la doctrina de Sarah Palin o del Tea Party, no votó en las últimas elecciones y sus amigos dicen que últimamente andaba un tanto desquiciado, el atentado ha creado una psicosis especial. Ya hay congresistas que dicen que acudirán armados a actos públicos y los legisladores llevarán más protección en adelante.

Obama acude hoy miércoles a una ceremonia para honrar a las víctimas, 6 muertos y 14 heridos. La repulsa al atentado es unánime. Claro contraste con lo ocurrido en Pakistán esta semana. Un fundamentalista asesina a un gobernador que había criticado la extrema severidad de la legislación anti blasfemia. A un acto en el que se exaltaba al asesino acudieron 40.000 personas.