Felipe y Kissinger

El ex presidente Felipe González vuelve en una revista a plantearse si debería haber ordenado la voladura de la cúpula de ETA en una ocasión en que nuestra policía la había localizado. Sus declaraciones, cuando afloraron por primera vez, levantaron muchas ampollas. Se le acusó de carecer de ética etc… y han abundado los comentaristas que concluyen que es el golpe de gracia del prestigio del líder socialista y de sus posibilidades políticas en cualquier futuro. Yo disiento de entrada de esta última apreciación, la de la reputación de González. Es demasiado calamitosa. De un lado, hay cantidad ingente de españoles que les habría parecido bien que se volara a los cabecillas terroristas (no olvidemos que Felipe lo pensó, pero no lo hizo), de otro, el ex presidente lleva razón cuando colige que es una duda acuciante que se han planteado muchos dirigentes. ¿Ordeno eliminar a esta pareja de terroristas porque voy a evitar unas decenas de muertes en el futuro inmediato y vamos a lograr una etapa de tranquilidad o lo dejo estar porque un demócrata no debe ordenar la ejecución de nadie sin un debido proceso?

La historia da la razón a González en este aspecto concreto. No sólo presidentes demócratas han debido reconcomerse con el tema sino que algunos han pasado a la acción. El caso más frecuente es el del venerado Obama: ha autorizado que la CIA usando los aviones sin piloto (moscardones) ejecute a un clérigo musulmán inspirador y animador de los terroristas fundamentalistas.

Personalmente no me gustaría estar en la piel de un político al que roe esa duda pero pienso que entre los que fustigan sin paliativos al ex presidente los hay de dos clases: los que se sublevan por razonables y justas convicciones jurídicas y aquellos a los que mueven motivaciones oportunistas, denigrar al enemigo etc… No nos asombremos, hay una cosa de la que estoy aún más seguro: si la situación fuera la inversa, es decir, si Aznar fuera el dirigente al que hubiera embargado esa duda, y el hecho hubiera trascendido, los bramidos de sus oponentes, incluida una clara mayoría del partido socialista, se oirían en Laponia con epítetos ardorosos. Aznar difícilmente podría haber pisado un lugar público en las semanas siguientes. “Chorizo”, “fascista”, “asesino”, “la derecha sólo sabe hacer eso”… serían alguna de las lindezas que tendría que oír.

En Estados Unidos, la revelación de la transcripción de una conversación entre Nixon y Kissinger es una muestra aún más palpable del realismo político. Nixon despotricaba contra los periodistas y ahora emerge que, en privado, los judíos también eran una de sus bestias negras. Lo chocante, según cuenta el “Washington Post” es la actitud del judío Kissinger. El que luego sería Premio Nobel de la paz llegó a Estados Unidos desde Alemania en 1938 cuando se iniciaban las persecuciones contra su raza. Nuca negó ser judío y cuando, ya cargo público en Washington, iba a visitar su antiguo país oyó que las autoridades germanas le preparaban un encuentro con sus parientes. Comentó descarnadamente: “¿Qué cuerno quieren montar? Mis parientes están convertidos en jabón”

Kissinger quería con esto decir que sus parientes cercanos habían sido llevados a campos de exterminio y sus cadáveres incinerados y convertidos Dios sabe en qué. Sin embargo, en la cinta hecha pública ahora, Kissinger tratando con Nixon el problema de los judíos de la Unión Soviética que Moscú no permitía salir del país y les negaba otros derechos fundamentales dice sin ambages: “No es un tema nuestro, si los rusos llevan a los judíos a la cámara de gas el tema no concierne a Estados Unidos. Es sólo un tema humanitario”

No es cómodo ni juzgar el despego de Kissinger. Alguien lo explica por su actitud acomodaticia en una Casa Blanca bastante antijudía, otros señalan que es la quintaesencia de la “real politik” en política internacional de la que es un connotado exponente doctrinal. Suya es la frase de que a los países “hay que juzgarlos por sus acciones” (con nosotros, se sobreentiende),”no por la ideología de su política doméstica”.

Reagan, otro republicano, tendría más en cuenta los derechos humanos a la hora de conducir la política exterior y el tema, incluso ahora, sigue vivo: ¿Hasta cuándo podemos cerrar los ojos a los abusos de los derechos humanos si el país que los quebranta nos está ayudando en temas vitales que nos interesan?