El delator Assange: ¿santo o canalla?

Como es frecuente en cualquier cosa que afecte a la política exterior de Estados Unidos las revelaciones de Wikileaks han dado pasto abundante para que Washington y sus diplomáticos sean puestos en la picota. Los americanos son pérfidos por imperialistas y sus representantes en el exterior son el mejor ejemplo de la definición de un diplomático británico en la corte de Venecia: “Un embajador es una persona enviada al exterior para mentir en beneficio de su país”. Articulistas que ya habían hablado de uno u otros de los detalles revelados ahora se arman de indignación al ver confirmado lo que ellos mismos habían relatado hace unas semanas o meses. El manto imperial implica esto: eres detestado por tu potencia y vapuleado con cualquier pretexto.

La realidad es diferente. De la globalidad de los cables se desprende que los diplomáticos estadounidenses son profesionales aceptablemente eficientes que hacen lo que TODOS los diplomáticos del mundo hacemos y hemos hecho desde que el mundo es mundo, es decir, informar a nuestros gobiernos, con nuestro leal saber y entender, de cómo vemos la evolución de los acontecimientos en el país en el que estamos acreditados. Aparte de llevar a cabo las gestiones que se nos encomiendan para defender los intereses nacionales. En las gestiones mencionadas en los cables se ven pocas que tengan algún vestigio delictivo. Similares a ellas hacen los diplomáticos de todo el mundo (¿qué hacen en estos días los diplomáticos chinos? Algo poco lúcido: Lisa y llanamente presionar para que nadie asista a la ceremonia de los Nobel)

En esa ansia de denunciar al todopoderoso yanqui se pasa por alto algo fundamental: las opiniones que leemos en los periódicos, sacadas de los famosos telegramas, son, en su mayor parte, meras opiniones de los Embajadores americanos transmitidas por un procedimiento secreto. Ni son dogmas proclamados por Obama ni han sido pregonadas o difundidas por el gobierno de Washington. Justamente lo contrario, han sido sustraídas para hacerle daño.

Nos queda el papel de Assange ahora detenido acusado de violación no en Oklahoma sino en la seria Suecia. Su actuación es aplaudida por diversas razones que van desde el mencionado antiamericanismo hasta la libertad de información pasando por el apetito por el cotilleo de altura que los telegramas nos muestran. La filtración tiene algo de travesura de altos vuelos revestida de la pureza informativa realizada por una persona un tanto obsesa contra el ejercicio de la autoridad. Ahora bien, prescindiendo de la revelación de hechos delictivos, de lo que hay poco como digo, yo, que he pasado parte de mi vida enviando y recibiendo telegramas de este tiempo trabajando honradamente para nuestro país, encuentro que tiene poca gracia y crea unas trabas enormes a la misión de cualquier diplomático el conocer que tu día a día se va a ver mediatizado por la posibilidad de que una comunicación reservada que haces a tu gobierno vaya a ver la luz pública por el celo o el rencor de un iluminado. Es igual que en ella hables de un concurso en el que compite una empresa española, de la impresión que te causa un tribunal en el que se va a ver el caso de un español que no puede recuperar a su hija menor, de unas conversaciones para liberar a unos secuestrados, de la actitud poco amistosa hacia España de una persona decisiva del gobierno ante el que trabajas, de las gestiones que has hecho para apoyar la candidatura de Sevilla para la Expo universal etc… Si sabes que te la pueden interceptar y, en aras de la libertad de información, un savonarola va a dárselas a un periódico tú te inhibes o no hablas con suficiente claridad.Informas mal. En definitiva, le prestas un flaco servicio a los intereses de nuestro país. Assange debería saber que ha jugado con demasiado fuego