Los generales de Obama se escaquean

El “Washington Post” publica unos muy interesantes extractos del libro de Bob Woodward “Las guerras de Obama”. Woodward, que se hizo famoso con el que escribió con Berstein sobre el Watergate, va por su libro político numero 16. Es un periodista con unas fuentes privilegiadas y en esta ocasión, como en otras, no se sabe si las detalladas filtraciones que ha recibido, con reproducción textual de documentos, proceden de un enemigo de Obama o de alguien cercano al presidente que ha actuado inspirado por este para dar una versión de un tema espinoso con una luz favorable a Obama.

El escritor ilumina sobre algunos hechos sorprendentes, por ejemplo que Estados Unidos no está preparado para un ataque nuclear terrorista o que el escrupuloso Obama ha renovado unas directrices de inteligencia que autorizan a la CIA a realizar operaciones que para algunos no serían ortodoxas.

El libro, con todo, revela fundamentalmente las disensiones dentro del equipo de Obama sobre el desarrollo y el final de la guerra de Afganistán, que el presidente definió en su momento como “una guerra de necesidad”. El vicepresidente Biden insta a Obama a encontrar una estrategia de salida temprana para no “enfangarse en otro Vietnam” y los altos jefes militares quieren un aumento sustancial de las tropas americanas en aquel país (40.000 más) y que el plazo de salida de julio de 2011 no sea rígido. Biden sale bien parado, no es precisamente un palmero, quiere ver a Obama a solas antes de un importante mitin para manifestarle sus aprensiones y cuando el presidente parece no creerlo necesario se aposta en un pasillo para hablarle claro. Los militares, por el contrario, remolonean en momentos importantes y dilatan la presentación de conclusiones que les ha pedido el presidente.

En un momento determinado, Obama, que accede a una solución intermedia de aumentar 30.000 efectivos, corta por lo sano y presenta a los asistentes a una reunión un informe de 6 páginas redactado por él en donde expone sus objetivos y pide que el que no esté de acuerdo lo diga claramente.

Obama, al que el cuerpo parece pedirle no eternizarse en Afganistán, dice tajantemente a Biden, Hillary Clinton y Gates (Defensa): “No quiero gastarme un billón de dólares, ni ordenar políticamente el país, ni estar discutiendo esto de nuevo el próximo año”. El mensaje del presidente es que el asunto tiene que tener un fin. En otro momento insiste en que si su plan no funciona habrá que reconocerlo, “no voy a emperrarme en que funcione por mi ego o por mi futuro político”.

En los próximos meses veremos si alguno de los cuatro problemas que presenta el conflicto es resuelto, a saber:

a) la corrupción y la ineficacia del Gobierno afgano

b) La actitud ambigua de las autoridades de Pakistán hacia Al Queda (“Pakistán es el cáncer”, dice Obama en una ocasión)

c) El traspaso de poderes al ejército afgano que está costando un riñón y se dilata

d) La tibieza de los miembros de la coalición que apoya a Estados Unidos (ahí estamos nosotros).

Todos son peliagudos y, hoy por hoy, de solución incierta.

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