Raúl=Di Stéfano=BLASFEMIA

Raúl ha tenido el gesto de pasar por la clínica donde se encuentra Alfredo Di Stéfano para despedirse del fenómeno que santificó el Bernabéu desde que se nos apareció en él allá por el año 1953. Un mito saluda a otro mito, se han apresurado a recalcar varios comentaristas.

Es cierto, ambos lo son. Pero aún en el Olimpo hay clases. Comparar a Raúl con Di Stéfano es un ejercicio gratuito. Alfredo es ostentosamente mejor, no sólo por ser un futbolista mucho más completo y con más autoridad en el campo y en el equipo sino porque el no tuvo una época deslumbrante seguida de cuatro o cinco temporadas mediocres; Raúl sí, Valdano en la marcha del joven ha manifestado que Raúl estaría un escalón más abajo que Alfredo Di Stéfano. Fue benévolo en la colocación. Como mínimo habría que decir que dos. Di Stéfano es uno de los dos o tres mejores jugadores de la historia mundial. Por el contrario, no todos los cronistas pondrán a Raúl entre los mejores ochenta a pesar de sus apabullantes y casi insuperables cifras. Aparte de haber llenado una época del Bernabéu, ambos futbolistas tienen una cosa en común. Su salida del Club ha sido acogida con alivio por los directivos de la entidad aunque no por toda la afición.

Raúl, que comenzaba a dividir al madridismo, ésta sería una de las razones de su marcha, no contaba como titular para el omnipotente Mourinho. Es harto posible que el portugués le haya dicho claramente: “yo estoy encantado con que Vd. se quede pero la titularidad es un tema diferente”

El pundonoroso Raúl se ha percatado no sólo de que le advertían que no era titular sino que tal como está el patio de jugadores sería, en más de una tarde, reserva de reserva, es decir no estaría ni el banquillo. Eso es demasiado para una persona con su historia, su profesionalidad y su amor al fútbol. En el Schalke tendrá todos los minutos del mundo, pisará el césped a diario y los domingos y las tardes europeas oirá el rugido del público con la asiduidad con que lo oía hasta hace un par de temporadas en el Bernabéu. Esto para alguien que ama el futbol tan apasionadamente como Raúl es esencial.

Resuelve así el singular futbolista un dilema que atenaza a cantantes de ópera, toreros o deportistas que han tocado la gloria: ¿debo retirarme en el escenario de mis triunfos, en mi casa en todo mi apogeo o dado que pienso que aun me queda fuelle y chispa debo seguir entregándome a algo que me entusiasma y que permitirá continuar oyendo el estruendo imborrable e irrepetible de las ovaciones?

Raúl González ha optado por lo segundo. Su decisión tiene poco que ver con el dinero, aunque su ficha en el Schalke no sea precisamente miserable. Va mucho más allá. Quiere con la vocación acendrada y la honradez que le caracterizan seguir mostrando al mundo y a sí mismo que él aun puede. Para eso no vacila en marcharse a un equipo de no excesivo relumbrón y en unos parajes climáticos y estéticos que no son los de su capital, más inhóspitos.

Los madridistas y los amantes no sectarios del fútbol suspiramos porque le salga bien la apuesta. Para mí Raúl no es para nada Di Stéfano, equiparlos roza la blasfemia pero es un monstruo de ese deporte, un goleador de insólita eficacia que ha dado muchísimas tardes bellas al deporte y a los madridistas momentos de auténtico júbilo, Paris, Tokyo etc., etc… como pocos de los que han vestido la camiseta blanca. Dios quiera que logre los goles a los que aspira en tierras alemanas y europeas

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