España, entre el temblor y la gloria

Los precios de hospedaje en Durban, donde estoy, suben literalmente por minutos. El lunes te pedían por una habitación discreta en una casa-hostal unos 95 euros, el martes por la mañana a primera hora 180 y a medio día 250. En los hoteles debía ocurrir otro tanto, solo que partiendo de precios más elevados. No debe haber una habitación a 100 kilómetros a la redonda de Durban, una ciudad con magníficos barrios residenciales, el centro comercial mayor que he visto nunca y el puerto con más tráfico de África. Las hordas germanas y españolas han invadido la plaza para lo que la prensa local califica del “mayor acontecimiento deportivo vivido nunca en estos parajes”. Los jerséis sudafricanos se saldan, los brasileños, ¡oh, cielos, vivir para ver!, también aparecen rebajados y los españoles, con nuestros gorros, nuestras camisetas y nuestros chubasqueros, siguen resistiendo el regateo. Los precios aguantan y eso que, por síndrome Torres o por una inesperada simpatía de esta gente por nuestros colores, los almacenes, las tiendas buenas y los tenderetes están literalmente atestados de nuestros productos que superan probablemente a los que se exhiben de los otros tres semifinalistas. Pidamos a la providencia que el jueves nuestras camisetas sigan al alza en la bolsa de los mercados locales

La gloria es pues efímera y no solo para las figuras, también para las prendas de vestir. Entre las estrellas del Mundial, Ronaldo, Rooney, Kaka, Iguain, Etoo, Ribery… ya son historia. Solo quedan algunas pinceladas de Messi pero el momento es de Klose, Robben, Sneijder (su primer gol de cabeza en un partido internacional fue a hundir a Brasil, ¡porca miseria!, dirán entre lagrimas millones de brasileños que aun no se lo creen), Forlan y, por supuesto, de Iniesta y de Villa. La efigie de este es omnipresente en las tiendas de Durban.

La prensa europea se inclina por Alemania. Un periódico francés habla de “la frescura, del dinamismo, del entusiasmo, de la espontaneidad, de la audacia y de la inteligencia”(casi na) del conjunto teutón y una encuesta entre los lectores de Le Monde coloca a Alemania, con 63% de los votos como ganadora del Mundial seguida de España, 16% y de Holanda y Uruguay. Sería bonito que rompiéramos ese pronóstico y la final fuera entre España y los sudamericanos. Nuestra selección tiene la clase para ello pero hasta ahora ha sido cicatera en el gol y en el juego. Un periodista sudafricano decía ayer una gran verdad: a pesar de la mediocre impresión del match contra Paraguay (penosa diría yo), “España tiene la capacidad de ser campeona del Mundo y tendrá pocas ocasiones como esta de conseguirlo”.

El país anfitrión empieza, de su parte, a hacer los números. Hay cifras contradictorias sobre la gente que ha venido al Mundial, ?300, 350, 420,000? y, curándose en salud, los políticos locales, que tienen que justificar los cuantiosos gastos impuestos por la FIFA, dicen que lo efectos benéficos ya se hicieron sentir en el aumento de visitantes en los meses previos al campeonato, un 18 por cien de subida, y, sobre todo, en el futuro dada la imagen que Sudáfrica, competente organizadora, aunque las colas a veces sean de espanto, gente hospitalaria, buenas estructuras, fantásticas playas ha proyectado a los turistas y al mundo.

Sobre alguna de las inversiones ya hay un cierto pitorreo. En un juego humorístico de días pasados un periódico de Johanesburgo decía con gracejo. Escoja el destino final de muchos de los estadios construidos para el Mundial:

a) convertirlos en oficinas

b) cederlos a un club de rugby

c) meter a unos cuantos leones y echarles a unos cristianos.

El humor negro del cronista no nos resulta, a los occidentales, ofensivo pero habría que ver si se hubiera atrevido a hacer un chiste parecido referido a algo de la religión islámica.

Sobre el autor de esta publicación