Interrogantes en el apoyo de Estados Unidos a Israel

El Presidente Obama es mirado con una cierta suspicacia en ciertos círculos oficiales y periodísticos de Israel. Mimados por la Administración Bush, los políticos israelíes y bastantes comentaristas de esa nacionalidad se extrañan de que el Presidente haya mostrado una irritación contenida ante determinados desplantes de Tel Aviv como la prosecución de la política de asentamientos. Olvidan que anunciar su mantenimiento en momentos en que el Presidente iba a enfrascarse en el problema de Oriente Medio era segarle la hierba bajo los pies y restarle credibilidad ante la opinión pública árabe. Es claro que continuar, con diversas justificaciones, ampliando el número de viviendas en zonas que la comunidad internacional considera integrantes del futuro estado palestino es amargarle la fiesta al Presidente y crearle dificultades supletorias.

Ambas partes, después de que Michael Oren, Embajador israelí en Washington, declarara que la fisura en las relaciones era la mayor la mayor crisis experimentada por Israel, han tratado de minimizar el malestar. El desasosiego, no obstante, es evidente. Cualquier presidente estadounidense debe tener en cuenta la importancia del voto, las donaciones judías y su influencia sustancial en esferas vitales. Resulta sorprendente constatar que 14 de los 100 senadores y 7´1% de los miembros de la Cámara de Representantes son judíos mientras que en la población del país sólo representan un 2%. En banca, seguros, cine y televisión su implantación es vasta en escalones importantes. Como lo es en los medios de información.

Afloran, con todo, las manifestaciones contestatarias. Crece el número de los jóvenes judíos en América que vacilan a la hora de comulgar con que Estados Unidos debería apoyar al Estado de Israel en cualquier circunstancia. Esto es nuevo. Hace un mes, Peter Beinart que dirigió durante años la projudía revista “The New Republic” publicaba un artículo en “The New York Times review of books” en el que acusaba al gobierno israelí de haberse convertido al fundamentalismo, a la agresividad y a la intransigencia durante los años de Bush y que todo ello se estaba volviendo en contra de él.

Al poco llegó el asalto a la flotilla que transportaba ayuda humanitaria a Gaza. Independientemente de que el ánimo de sus organizadores fuera provocar a Israel y que alguno de ellos buscaría incluso un resultado cruento como el producido, motivaciones que han sido ampliamente aireadas en los medios estadounidenses, el hecho es que la imagen de Israel ha quedado malparada en algunas capas de la población yanqui. Un columnista tan poco sospechoso como Andrew Sullivan indica que Israel autodestructivamente ha sofocado el amor que se sentía por él en Estados Unidos. Aunque la afirmación es un tanto tajante no hay duda de que los que piensan así o que afirman que Washington está demasiado endeudado políticamente con Israel aumentan, especialmente en las voces que se oyen en internet. No se pone en tela de juicio la ayuda económica (3,000 millones dólares año) pero sí el “excesivo” arropamiento de la conducta de Tel Aviv. Los que opinan que todo tiene un límite parecen no ser ya una minoría ridícula y silenciosa.